—No sé de qué hablas... —alcanzó a decir Javier, intentando sonar firme, aunque su voz lo traicionó en el último momento.
La mente del chico era un caos, llena de temores.
No solo tenía un secreto; tenía tantos que no tenía idea de qué había descubierto Cristian exactamente.
Su mejor opción era fingir demencia, aunque algo le decía que en este punto era inútil.
—Hablo del Tag Heuer Carrera que falta en mi vestidor desde la semana pasada —murmuró Cristian, inclinándose sobre él hasta acorralarlo con su sombra alta e imponente—. Pensaste que, con la colección que tengo, ni siquiera lo notaría, ¿verdad? ¿A cuánto lo malvendiste en la casa de empeño? ¿A un diez por ciento de su valor real?
Javier abrió los ojos como platos.
Recordaba haberse colado en su habitación.
En ese momento había recibido un par de amenazas que no podía seguir ignorando.
Cuando abrió el vestidor de aquel hombre, no solo encontró trajes de todas las marcas y precios, sino una colección entera de relojes de lujo. Eran tantos... ¿Cómo notaría que faltaba uno?
En el fondo, se había convencido a sí mismo de que solo lo tomaría prestado y luego lo volvería a colocar en su lugar.
—Pero eso no es todo, ¿verdad? —siguió diciendo Cristian, disfrutando aparentemente de la palidez de su piel y de cómo la vida lo abandonaba en menos de un segundo—. Sé a qué casino clandestino vas por las noches a tirar el dinero que no tienes. Sé cuánto les debes a los tipos que te esperan a la salida del colegio. Y, por supuesto, sé que la sustancia que vendes entre tus compañeros ni siquiera alcanza para cubrir los intereses de tus deudas, mucho menos para financiar tu propio consumo.
Los peores temores de Javier se confirmaron.
Cristian no solo sabía uno de sus secretos. Los sabía todos.
—Juro que… yo no…
—Mírate, eres patético —se burló con crueldad—. Ni siquiera puedes dar la cara como un hombre.
Javier confirmó dentro de sí que sí, lo era.
Ni siquiera lograba recordar cómo había terminado envuelto en tantos problemas.


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