Estefanía se desperezó despacio sobre las sábanas, sintiendo el cuerpo liviano, casi extraño. Hacía meses, quizás años, que no lograba dormir corrido toda una noche.
Estiró el brazo hacia la mesa de noche para tomar el teléfono y verificar la hora. Al encender la pantalla, un sinfín de notificaciones llegaron al instante. Decenas de llamadas perdidas en W******p y un hilo interminable de mensajes.
La gran mayoría llevaba el nombre de Javier; solo dos eran de Cristian, breves y cortantes: «¿Dónde estás?», «Responde»
Ignoró las preguntas de su marido y marcó directamente el número de su hermano.
—¿Cómo se te ocurre apagar el teléfono, Estefanía? —reclamó Javier sin siquiera saludar—. Estuve toda la noche intentando comunicarme. ¿En qué estabas pensando?
Estefanía se incorporó en la cama, sintiendo un poco de temor ante el tono brusco del muchacho.
—Javier, calma. Solo quería evitar que Cristian me rastreara. Es todo.
—Estefanía, ¿y si me hubiera pasado algo? ¿Y si hubiese tenido una emergencia? —interrumpió él, cada vez más demandante, como si verdaderamente hubiera hecho algo mal.
Estefanía apretó el teléfono contra su oreja; la sola posibilidad de que le ocurriera algo le hizo sentir terrible.
—Javier, no digas eso. Sabes perfectamente que eres mi prioridad. Solo fue una noche. No lo volveré a hacer. Pero dime, ¿pasó algo? ¿Te hizo algo Cristian? ¿Es eso?
—Estefanía, sabes que no tengo a nadie más —su voz se tornó más baja, lastimera—. Eres mi hermana. La única familia que me queda. Yo no me he sentido bien. Me duele el estómago, tengo náuseas y no pude pegar el ojo en toda la madrugada. Me desesperaba el hecho de saber que no había nadie a quien le importara mi bienestar.
Estefanía apartó las cobijas y se puso de pie al instante.
Desde la muerte de sus padres, Javier muy poco enfermaba. Tenía una salud envidiable. Siempre fuerte y lleno de energía. Así que escucharlo admitir de esa manera que se sentía mal la hizo sentirse una pésima hermana.
—¿Te duele mucho? Déjame arreglarme rápido, voy para allá y te llevo al médico a que te revisen…
—Ya fui —la cortó Javier, tajante—. Cristian me llevó de madrugada a una clínica privada. Me administraron un tratamiento para el dolor y me mandaron una lista enorme de exámenes carísimos que él tuvo que pagar.
—Oh.
Estefanía se quedó helada en medio de la habitación, con la ropa en la mano.
Nuevamente, Cristian resolvía sus problemas cuando ella simplemente no estaba.
Odiaba deberle tanto, pero si no hubiera sido por él, no tenía idea de qué hubiera sido de ellos.
—Él se hizo cargo de todo mientras tú estabas quién sabe dónde —continuó él, con un tono de reclamo que no se podía disimular—. Le estás pagando muy mal, Estefanía. Cristian no tenía por qué hacer nada de eso por mí y aun así lo hizo. Debiste al menos dar la cara antes de irte.
—Javier, con ese hombre no se puede razonar —lo interrumpió ella, sintiendo un poco de frustración.
¿Ahora Javier se ponía de su lado?
¿No se suponía que le había abierto su corazón hacía tan solo un par de días?

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