La cena comenzó.
Estefanía observaba de reojo cómo Cristian comía con la misma elegancia de siempre, cortando la carne con precisión en una postura impecable.
No pasaron ni diez minutos antes de que él dejara los cubiertos a un lado, tomara la servilleta y se limpiara la comisura de la boca, reclinándose contra el respaldo.
Sus ojos sobre ella decían claramente: te estoy esperando.
Pero Estefanía lo ignoró tomándose su tiempo. Masticó despacio, saboreó el puré y dio un sorbo lento al tinto, alargando cada segundo solo para probar su paciencia.
Cristian entornó ligeramente los ojos, juzgándola.
Ella se rio dentro de sí, hasta que finalmente cedió sin querer alargar más su espera.
—Estaba rico, ¿verdad? —preguntó, batiendo las pestañas con inocencia.
—Insuperable —admitió él, sin perderla de vista ni un instante.
Ella se levantó de la silla, recogió los platos y caminó hacia la cocina para acomodarlos dentro del lavavajillas.
Ni siquiera había terminado de colocarlos cuando sintió una presencia en su espalda.
Todo su cuerpo fue testigo de aquel magnetismo que, todavía sin mirarse ni tocarse, ya causaba estragos en todas sus terminaciones nerviosas.
Las manos del hombre tomaron su cintura, pegando su espalda directamente contra la dura e impaciente erección que se marcaba a través de su pantalón.
—¿Te pusiste este vestido para mí? —murmuró él contra la curva de su cuello.
Estefanía echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en su pecho mientras un escalofrío le recorría la columna.
—Sí —susurró.
Cristian la levantó en brazos y la subió allí mismo en el mesón de la cocina, abriendo sus piernas, mientras sus fuertes y grandes manos la recorrían entera.
El resto fue una vorágine de sensaciones.
La tela del vestido rasgándose.
La frialdad del mesón de granito quemando bajo sus muslos desnudos.
Su cuerpo abriéndose para recibirlo.
La embestida firme, implacable, de un roce que entraba y salía sin darle tregua.
Gemidos ahogados entre bocas que se buscaban a ciegas.
La piel sudorosa.
Un orgasmo tras otro sacudiéndola, hasta el abrazo ardiente y profundo de su semen dentro de ella.
Y al final, el aire faltándole en el pecho mientras ella se rompía por completo en un último gemido:

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