Dos semanas después…
Estefanía cruzó las puertas del edificio universitario dejando ir un suspiro largo y cargado de alivio. Al sacar el teléfono de su bolso, encontró un mensaje reciente de Cristian.
«¿Qué tal te fue?»
Corto, directo y sin rodeos, muy a su estilo.
Sonrió levemente mientras sus dedos volaban sobre la pantalla, todavía sintiendo el cosquilleo de los nervios típicos de cualquier estudiante después de un examen importante.
«Creo que bien… o eso espero 🙈 Gracias por explicarme anoche el proceso administrativo, de verdad me salvó la vida.
Hoy te preparo tu cena favorita para compensarte. No llegues tan tarde.»
La respuesta de su esposo no tardó más de un minuto en aparecer.
«Espérame. Hoy me desocupo temprano.»
Guardó el celular en el bolso mientras una sonrisa se apoderaba de sus labios.
Posiblemente se estaba engañando a sí misma otra vez. Pero a este punto era muy probable que lo siguiera haciendo.
Esas dos últimas semanas, aparte del buen sexo, una extraña y dulce calma se había instalado entre los dos.
El tema del divorcio, Graciela o cualquier otra amenaza que quisiera separarlos no había encontrado espacio para perturbar la paz que, al fin, respiraban juntos.
Al llegar al departamento, Estefanía le dio la tarde libre a Sonya. Se cambió de ropa, se puso un delantal y se dispuso a cocinar.
En dos años, sus habilidades culinarias habían mejorado notoriamente. Así que ahora sentía mayor confianza, moviéndose por la alacena mientras buscaba algunos condimentos para sazonar un buen filete de lomo de res: pimienta negra recién molida, romero fresco y manteca de buena calidad. Acompañaría la carne con un puré de papas trufado y unos espárragos salteados al sartén. También sacó de la cava de vinos una botella de tinto para ir sirviéndolo más tarde.
En menos de una hora preparo la mesa. Sirvió dos copas y se puso un vestido negro ceñido al cuerpo, perfumándose las muñecas y el escote con su esencia favorita.
Javier esa noche no estaría en casa. Tenía tarea que hacer con unos compañeros. Así que el departamento sería solo para ellos.
Otra luna de miel.
De las tantas que ya han tenido.
Ella se sentía un poco nerviosa, lo cual era increíble en este punto. Aquel hombre no era ningún desconocido. Era su esposo. Habían intimado tantas veces que era imposible contarlas todas. No había un espacio de su cuerpo que él no conociera y viceversa. Eran amantes en un nivel casi perfecto, pero, aun así, la sola idea de escucharlo atravesar la puerta le hacía dar vueltas al anillo en su dedo con frenesí.
Sentía un cosquilleo en la boca del estómago y el pulso acelerado como si fuera la primera vez.
Aunque no…
La primera vez ella no sentía esto.
Estefanía se apretó el pecho por encima de la tela de su vestido. Su corazón latía a un solo compás… el compás que marcaba su amor por él. Puro. Necio. Y difícil de apagar.


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