Estefanía deslizó el juego de llaves sobre la mesa de centro, observando al joven frente a ella.
—Podrás usarlo cuando cumplas los dieciocho —le dijo a Javier con voz pausada.
El muchacho agrandó los ojos.
—¿Un auto? ¿Para mí? ¿En serio?
Asintió, detallando con calma la sonrisa resplandeciente en el rostro de su hermano.
Javier no se contuvo. Se levantó, dio un salto y luego la abrazó con efusividad.
—¡Es increíble! ¡Gracias! ¡Gracias!
Estefanía sonrió apenas con la mirada perdida en la pared.
—¿Qué quieres estudiar? —le preguntó sin romper el abrazo—. Dime una carrera y me encargaré de conseguirte cupo en la mejor universidad.
—Aún no me decido... —murmuró él, soltándola despacio mientras se rascaba la nuca—. Hay varias cosas que me llaman la atención, pero no sé por cuál irme todavía.
—Entonces piénsalo y, cuando tengas una respuesta, dímelo.
—Está bien.
Estefanía se sentó en el sofá el resto de la tarde, mientras hojeaba una revista de moda de alta gama. Había ciertas cosas que siempre se había contenido de hacer por prudencia, por no parecer interesada o simplemente por cuidar el bolsillo de su esposo.
Su lado noble y tonto jamás se habría atrevido a tomar el teléfono. Pero esa Estefanía ya no existía.
Detuvo la página en una colección exclusiva de alta costura: un vestido de diseñador con detalles bordados a mano, acompañado por un juego de gargantilla y pendientes de diamantes de edición limitada. Piezas que eran ridículamente caras.
—Buenas tardes, me gustaría hacer un pedido directo de la nueva colección —llamó al número impreso en la revista—. Quiero el vestido en talla chica y el juego completo de joyas.
Al otro lado de la línea, la ejecutiva de ventas tomó los datos del envío antes de pedir la forma de pago.
Estefanía dictó cada uno de los números de la tarjeta negra de cupo ilimitado.
—Aprobado, señora. Los artículos llegarán a su domicilio mañana por la mañana. Muchas gracias por su compra.
Un mensaje de texto llegó a su celular apenas un segundo después: la notificación del banco informando un cargo de miles de dólares a la cuenta de su esposo.
Pero no se detuvo. Siguió buscando qué otra cosa comprar.
Al día siguiente, cuando llegó de la universidad, Sonya la recibió con más de una docena de cajas, todas con su nombre.
Estefanía abrió un par, sacó un vestido rojo de tiras finas y se lo probó, admirando cómo el escote recto y el corte ajustado moldeaban a la perfección su figura.
Inevitablemente sonrió. Sin pensarlo dos veces, sacó el teléfono y les escribió al grupo de sus más cercanos compañeros: «¡Chicos, hoy no acepto un no por respuesta, tenemos que salir a bailar ya mismo!».
Las respuestas no tardaron ni dos minutos en hacer vibrar su teléfono:
«¿A bailar un jueves? Estefanía, mañana hay clase a las ocho... pero me convenciste, voy», escribió Valeria, una de sus amigas, junto a un par de emojis de copas.
«Yo solo voy si la música es buena y el primer trago va por tu cuenta», bromeó Lourdes, enviando una nota de voz entre risas.

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