Capítulo 226 Chris se reclinó en su asiento.
-En eso estamos trabajando. Nuestro equipo está armando un expediente completo. Pero ya ves lo escurridizo que es Harold. Ni las autoridades logran rastrearlo.
-No puede esconderse para siempre -intervino Daven-. Cada movimiento deja un rastro. No me voy a quedar de brazos cruzados hasta que pague por esto.
-Yo tampoco voy a dejar que se salga con la suya, señor Callister. -Chris lo miró con firmeza-. Pero tiene que ser cuidadoso. No baje la guardia.
Aunque los medios ya tienena Harold en la mira, es muy probable que tenga aliados con más influencia. Y no olvide que cualquiera que haya tenido tratos con él va a ser investigado. Eso incluye su nombre.
-Lo sé. -Daven apretó el puño-. Por eso armé mi propio equipo. Cada documento, cada contrato, cada transacción que tuve con Harold... los revisé todos otra vez. No voy a dejar ni una grieta que pueda usar en mi contra.
-Bien -dijo Chris-. Mientras más evidencia tengamos, más se cierra la red a su alrededor. No lo voy a dejar escapar, pero va a tomar tiempo.
Daven asintió con rigidez, aunque el fuego en su mirada delataba la furia que seguía hirviéndole por dentro.
-Solo quiero una cosa, Chris. Asegúrate de que a Harold no le quede ni espacio para respirar.
-Confía en mí, esa también es mi meta.
La sala se hundió en un silencio pesado, roto solo por el tic-tac del reloj en la pared. Daven le dio un trago a su café, ya tibio a esas alturas, tratando de poner en orden sus pensamientos.
En ese momento, un golpe en la puerta atravesó la quietud. Un empleado entró e hizo una reverencia.
-Señor Chris, disculpe la interrupción. Hay un visitante que insiste en verlo. Dice que es urgente.
Chris entrecerró los ojos.
-¿Quién es?
El empleado tragó saliva antes de responder.
-El señor Cale Miller.
-¿Y desde cuándo necesita permiso para entrar?
-murmuró Chris.
En ese momento, Cale entró sin esperar invitación.
-Al menos yo tengo modales básicos. A diferencia de ti.
Chris entrecerró los ojos.
-¿Qué te trae por aquí? ¿No se supone que deberías estar en Portclair?
***
Dos días antes.
El viejo almacén en los muelles del suroeste parecía un lugar donde el tiempo se detuvo. El aire apestaba a sal marina mezclada con óxido, un olor ácido que se pegaba al fondo de la garganta. La luz del sol se colaba por los agujeros del techo de lámina y proyectaba haces delgados que cortaban el polvo flotante. Cada ráfaga de viento marino arrancaba un chirrido de las bisagras sueltas de la puerta, un quejido tenue y fantasmal que profundizaba la penumbra del interior.



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