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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 789

MAGNUS

La saliva bajaba bañando mi polla y escurriendo a mis testículos.

Agarré su pelo en un moño apretado para verla dándome placer.

Mi miembro salía y entraba de entre esos rojos pétalos que me estaban ordeñando todo el líquido preseminal.

Su mano bajó a masajearme las bolas, a darme unos apretones que me tenían jadeando con la lengua afuera y embistiendo hacia arriba.

Su garganta me apretaba el glande como si fuese un coño.

Por mucho, esta era la felación más excitante que me habían dado en mi existencia.

— Grr, me voy a venir… Suave, Hannah, nena, espera… ¡maldit4 sea, no la chupes tan duro, que está a punto de escupirte en la garganta…!

Terminé rugiéndole, pero ella solo comenzó a reírse de mi desesperación.

Sus hombros le temblaban mientras ese sonido risueño y tan lindo llenaba mis oídos.

Con la mano manoseándome arriba y abajo el tallo, lamió lentamente las venas agresivas que palpitaban pegadas al glande.

Sus ojos se entreabrieron, dándome una mirada seductora, conquistándome de todas las maneras posibles.

Me quedé perdido en ellos, en las oscuras y pecaminosas propuestas que había en sus profundidades.

Me encanta esta hembra, me fascina… la deseo con tanta fuerza que duele.

— Quiero que me escupa… pero en otro lado… —se atrevió a decirme, jadeando sobre mi pene que estaba derritiéndose contra ella.

— Se aprueba la proposición por mayoría de votos.

Fue la única estupidez elocuente que logré pensar antes de tomar el control.

Me abalancé sobre ella como un lobo hambriento y comencé a besarla mientras la empujaba sobre las ropas.

De nuevo, entre sus piernas abiertas, mis dedos fueron directo a tocarle la vulva.

Hannah jadeaba y se contorneaba contra mi mano en movimiento, mientras yo le susurraba al oído todo tipo de obscenidades que ni sabía que conocía.

Todas las perversidades que moría por hacerle a su cuerpo, cogérmela de todas las maneras inventadas y llenarle cada uno de sus agujeritos…

La miel se derramaba entre mis dedos sumergidos, que pronto se convirtieron en dos.

Entrando y saliendo de su vagina, haciendo tijeras entre chapoteos pervertidos.

— Magnus, no puedo más, házmelo, penétrame con tu miembro…

Arqueó la espalda, pidiéndomelo entre gemidos cada vez más enloquecidos.

Sus muslos macizos rodeaban mis caderas y sus piernas se apretaban contra mis nalgas, empujándome hacia ella.

Tomé mi polla, pintando entre los labios regordetes de su sexo, mientras besuqueaba su cuello y bajaba a sus tetas.

Mi cuerpo entero tembló al sumergirme en la jodida gloria... en el éxtasis apretado de su funda.

— Ssííí… Mmm, sshhh más… príncipe…

— Llámame “mi macho”… dime “mi hombre”… —le ordené con la voz lobuna escapándose entre mis dientes apretados.

Mis caderas se impulsaron hacia delante con ímpetu, penetrándola más de la mitad.

— ¡Aahh, mi macho… qué rico… muévete, dámelo más profundo… ssshh, sí, sí, bebé, justo ahí… Magnus… mnnn…!

Hannah enloqueció cuando comencé a montarla. Mi polla se deslizó hasta la base, apretada en medio de todos esos deliciosos pliegues.

Mi mente se llenó de rojo lujuria.

Mis manos se hundieron en la piel suave de sus redondeadas caderas, controlándola, empujándola contra el suelo, mientras me la cogía cada vez más rápido.

Mis testículos se balanceaban, chocando contra sus nalgas.

El pa-pa-pa del sexo salvaje y apasionado resonaba en las paredes junto con nuestros gemidos y palabras llenas de lascivia.

Me comía su boca y luego me ahogaba entre sus senos, que se balanceaban con el movimiento de su cuerpo.

Inclinado sobre ella, sosteniendo sus caderas y penetrándola por detrás una y otra vez, bombeando cada vez más deprisa.

Los gritos de Hannah me enloquecían y mis ojos lobunos estaban en rojo, mirando directo a su nuca.

El cabello blanco caía a un lado, por su hombro, dejando la delicada columna expuesta, donde las gotas de sudor brillaban.

Mi pecho se acostó sobre su espalda arqueada, empujándola contra el suelo hasta que pegó sus senos.

Mi polla la taladraba hasta casi desear meterle las bolas.

De repente, Hannah vibró y alzó la cabeza, dejando salir un gemido gutural.

Su vagina convulsionó en un potente orgasmo que me recorrió de arriba abajo el miembro.

Empujé, en dos o tres estocadas, sintiendo el dolor del nudo explotando en la base.

Fiero, enorme, listo para quedarse dentro de ella y preñarla con la semilla que ya subía desde mis testículos y recorría mi longitud.

— Hannah… dime que me aceptas… shhh, nena… ¡dímelo! —le rugí con los caninos ya a milímetros de la nuca.

— Acepto… te acepto… —murmuró con la voz fracturada.

No sabía si era la locura del celo, las confusiones en su mente, pero yo estaba dispuesto a correr los riesgos.

A pesar de que su loba no estaba presente, mi instinto animal, la voz de Grimm, me dictaba que lo hiciera, que todo estaría bien.

Al último segundo pensé en mi hermano, pero por primera vez quise ser egoísta y tomar lo que me pertenecía… solo para mí.

“Yo, Magnus Thorne, príncipe de Nocturne, te reclamo como mi compañera y la mitad de mi alma. Entrégate a nosotros, mi hermosa lobita de invierno; despierta, mi amor, no tengas miedo, te voy a cuidar y proteger para toda la eternidad”.

Los votos salieron de mi alma como un vendaval; ni siquiera podía expresar lo que realmente sentía en ese momento.

Mi orgasmo se derramó con el de Hannah, nuestros cuerpos se liberaban, pero también necesitaba que su alma se encadenara a la mía.

Grimm se coló en su mente, empujando la barrera de hielo que lo separaba de su loba, atravesando la escarcha y las ventiscas.

La reclamaría con la fuerza de su linaje y el llamado superior de un lycan.

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