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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 800

ABIGAIL

—¡Malditos rebeldes! —hice por abalanzarme sobre el más cercano de los diez que aparecieron, pero algo me detuvo de golpe.

—¡Aaggr! —rugí al caer de espaldas, como si mi nariz hubiese impactado contra un escudo invisible.

Me habían atrapado y, lo peor, el hechizo que activaron me estaba afectando seriamente.

Las llamas en mi interior se rebelaban con más fuerzas que nunca; algo las obligaba a salir de mi cuerpo… algo que las codiciaba.

Del suelo surgió una bruma negra y tomó la forma de sombras de flores…

Conocía esa maldición llamada Flores Devoradoras de Llamas.

Esto pinta muy mal.

—¡Cobardes, usando un hechizo tan rastrero para absorber mi poder! —grité, intentando en vano resistir, pero el ardor en mi piel se volvía insoportable.

—A esto nos han obligado; jamás seremos controlados por unas bestias descerebradas.

Levanté la cabeza para ver a una mujer más allá de la bruma, debía ser la jefecita.

Quise responderle, pero un rugido fue lo que salió de mi boca y caí de rodillas, abrazándome a mí misma.

“¡Abigail, tienes que controlarte, resiste, no tengo la fuerza para contenerla!”

Bryda despertó de golpe ante el peligro, pero yo ardía en llamas.

Era imposible controlarme mientras ese conjuro prohibido de flores succionaba mi magia como sanguijuela.

Y ni siquiera era el original, sino una mala copia.

Vincent, el Beta del Rey Alfa Cedrick, era quien había logrado domar a la verdadera flor devoradora, pero igual, con lo inestable que me encontraba, la trampa estaba surtiendo efecto.

—¡Aaahh! —grité, sintiendo que solo veía en rojo.

Mi cuerpo entero cayó en cuatro patas, explotando en una supernova de magia destructiva.

Perdía la conexión con Bryda, con todo; solo pensaba en matar, en arrasar, en consumir.

Esos hechiceros jugaron con fuego y terminaron quemándose.

Pronto escuché los gritos; el olor a sangre y carne quemada arrasó con el bosque… "Ella" tomaba el control de mi cuerpo y yo… lentamente también me consumía en el fuego.

“Abigail…” mi loba Bryda me llamó como a lo lejos, pero estaba rodeada de desesperación.

Sentada con las manos en los oídos y gritando de dolor… tanto dolor y lágrimas.

Terminaría como muchas Centurias, destruida por mi propia magia inestable.

“Lo lamento, papá, mamá… Hannah…” Antes de perder sus nombres los susurré en mi alma, que se hacía pedazos.

De repente la imagen de él apareció entre la bruma de lágrimas… Fenrir…

Jamás tuve una oportunidad real. De verdad, me gustaba tanto ese macho…

Tanto lo llamé en mis últimos segundos, que creí escuchar su voz, o, al menos, una voz parecida a la de él, pero más… bestial.

“¡NO TE ATREVAS A MORIRTE, ABIGAIL!”

El rugido atravesó la nebulosa y subí la mirada para ver a un hermoso lobo de pelaje rojizo atravesar la cortina de fuego.

Era su espíritu animal, lo supe al instante de verlo; venía corriendo hacia mí, mirándome con esos ojos de rubíes indomables.

¿Cómo podía estar en mi consciencia?

De repente sentí el gruñido a mi espalda, el peligro…

“¡Márchate, no debes estar aquí, te puede hacer daño!” le grité, intentando alejarlo, pero él no se detuvo.

Fue muy tarde. Una sombra ardiente saltó sobre mí y corrió hacia el intruso.

Siempre me sentía en peligro, ahogada, con miedo de explotar por mi propio poder.

A través del humo y mis lágrimas, los contemplé acariciando sus morros.

Esos ojos rubíes me miraron fijamente, mientras se iba nublando mi consciencia.

“Tú eres mi mate, Abigail; voy a conquistarlas, mi hembra… nunca te dejaré ir. Mi nombre es Gale y yo… soy tu macho.”

Su voz llegó en un susurro dominante que me hizo temblar al sentir las ráfagas de su poder tan increíble.

Entre destellos dorados, tomé al fin el control de mi mente y mi cuerpo.

Unos brazos me rodeaban; estaba siendo abrazada contra un fuerte pecho.

Sentada sobre unos firmes muslos.

La desesperación se convirtió en alivio.

—Fenrir… —llamé su nombre y me aferré a él mientras lloraba llena de emociones.

—Tranquila, pequeña, ya estás a salvo, nena… nunca dejaré que te hagan daño, ni siquiera tú misma…

Sus palabras calmaban el ataque de llanto que quebró mis fuerzas.

Su olor me reconfortaba.

Oculta entre sus brazos me sentía tan protegida, tan amada… pero entonces recordé que todo esto era una ilusión, un imposible…

Me separé lentamente, limpiándome las lágrimas y sintiendo los cambios en mi interior.

Ravena, mi loba de fuego, estaba tranquila, dispuesta a cooperar por primera vez, y Bryda, mi espíritu animal, al fin, estaba a salvo y descansaba de su lucha constante.

—Estoy… estoy mejor, gracias a ti y… ¡Oh, por la Diosa… qué hice!

Me llevé las manos a la boca cuando, al separarme, lo pude ver bien y todo el pandemónium que desaté a mi alrededor.

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