Por supuesto, Valeria no iba a ser tan estúpida como para revelar de dónde los había sacado realmente, así que se inventó una excusa cualquiera.
Lo único que importaba era que funcionaran.
—Anímese a probarlos, ni siquiera a mi propia madre se los he dado —dijo, terminando la frase con un guiño juguetón.
La intención de Valeria era más que obvia: quería ganarse a la madre para llegar a Patricio.
—Ay, pues muchas gracias. Eres un encanto, Valeria. Eres un millón de veces mejor que Alba —dijo Norma mientras recibía los productos con total naturalidad.
A su edad, Norma no se chupaba el dedo; entendía perfectamente lo que significaba ese regalo.
Pero no le costaba nada decir unas cuantas palabras bonitas para quedar bien.
Al ver que aceptaba el regalo, Valeria sintió un brinco de alegría en el pecho y esbozó una sonrisa aún más dulce.
Y continuó: —Señora Norma, le aseguro que verá los resultados en muy poco tiempo. Yo sé mucho de cuidado de la piel, así que si tiene alguna duda, no dude en preguntarme.
Norma asintió con una sonrisa y, con toda la intención, comentó:
—Valeria, de verdad sabes cómo llegarme al corazón. Si Alba fuera la mitad de buena que tú, me ahorraría muchísimos dolores de cabeza.
Qué lástima que la dueña de ese treinta por ciento de las acciones no fuera Valeria.
Valeria, ignorando los verdaderos pensamientos de Norma, sintió una oleada de triunfo al escuchar esas palabras y negó con la cabeza, fingiendo timidez.
—Ay, señora Norma, no se burle de mí. Yo jamás podría compararme con mi hermana. Alba y Patricio están hechos el uno para el otro.
—¡Uf, ni me menciones a Alba! Ya la viste hoy, ¡es una insolente, una arrogante!
Hablar de ese tema sí que le revolvía el estómago a Norma.
Sinceramente, de no ser por la fortuna que Alba representaba, habría elegido a Valeria sin pensarlo dos veces; era dócil y fácil de manejar.


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