Norma pensó que Valeria era bastante astuta y que, en el futuro, cuando tuviera algún problema, seguro le daría muy buenas ideas.
En cuanto llegó a la casa de los Quintana y se quitó el maquillaje, no pudo esperar para abrir los productos de belleza que Valeria le había regalado.
El envase se veía elegante y carísimo. Al abrirlo, un aroma fresco y delicado inundó el aire, con un toque muy sutil a hierbas.
Se aplicó un poco en el rostro; se sentía frío y muy relajante.
No sabía si era su imaginación, pero sentía que su piel se había vuelto más suave y tersa al instante.
Pensó que, efectivamente, los productos que usaban las grandes estrellas de la televisión no se conseguían en cualquier tienda.
Después de todo, esas personas vivían de su imagen y, obviamente, cuidaban su piel mil veces más que la gente normal.
Tras terminar su rutina de limpieza y cuidado facial, notó que su esposo, Rodrigo Quintana, había vuelto a salir, quién sabe a qué reuniones o fiestas. Probablemente ni siquiera volvería a dormir en casa.
Norma sintió una punzada de rabia, pero no había nada que pudiera hacer.
En ese momento, deseó con todas sus fuerzas que esos productos funcionaran de verdad y le devolvieran la juventud.
Así, ninguna de esas zorras trepadoras allá afuera podría arrebatarle a su esposo tan fácilmente.
Pero, quién iba a imaginar lo que pasaría al despertar...
Norma empezó a sentir un picor extraño en la cara. Por instinto, se tocó el rostro y se rascó un poco.
Enseguida, notó algo terrible: su piel se sentía rasposa, llena de bultos por todos lados.
El corazón le dio un vuelco. Se sentó de golpe, saltó de la cama y corrió hacia el tocador.
Al mirarse, lo que vio en el espejo casi le para el corazón: su rostro estaba cubierto de ronchas rojas, pústulas y llagas purulentas que se extendían por todas partes.
Aterrada por su propio reflejo, ¡Norma empezó a gritar histéricamente!
Sus chillidos retumbaban en toda la habitación. Estaba sumida en el pánico total, incapaz de asimilar lo que veía.
Se tapó la cara con las manos, negándose a creer que fuera real.
En el hospital, varios especialistas en dermatología la examinaron y tomaron muestras de piel para analizarlas en el laboratorio.
Los doctores sospecharon que era una reacción alérgica severa, así que le recetaron pastillas y cremas y la mandaron a casa.
Lamentablemente, después de dos días, no solo no mejoró, sino que empeoró muchísimo. La piel comenzó a ulcerarse, causándole un dolor y una picazón insoportables.
Norma quería morirse; no tenía cara para salir a la calle, así que no le quedó más remedio que regresar al hospital.
—Esto no parece una simple alergia. Es muy probable que su piel haya estado en contacto con componentes altamente tóxicos que causaron una infección y un daño severo en los tejidos.
Rodrigo incluso había contratado a uno de los mejores dermatólogos del país para que atendiera a su esposa, ya que, si se corría la voz de que su mujer parecía un monstruo, él también sería el hazmerreír de todos.
Al escuchar el diagnóstico, a Norma le temblaron las piernas y estuvo a punto de desmayarse.
¡Sintió que su estatus e imagen de mujer elegante se habían ido a la basura y que jamás podría volver a dar la cara en sociedad!
Lo que más la destruyó fue que, tras una semana entera de tratamientos, no había ninguna mejoría y su rostro se veía cada vez peor.

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