Pasó un buen rato antes de que Agustín rompiera el silencio.
—Antes no sabíamos si Anahí iba a despertar, así que no le dije nada a Vanessa. Ahora Anahí sigue con una depresión bastante fuerte. Desde que despertó, su ánimo y su estado mental no han sido muy estables… Mejor no le decimos nada a Vanessa por ahora, para que no se preocupe ni se desilusione.
Fabiola asintió despacio.
Agustín lo hacía por el bien de Vanessa.
Aun así, ella sentía que algo así no debía ocultarse.
Pero al final, no era asunto suyo intervenir en las decisiones de Agustín.
Agustín fue a darse una ducha rápida y, al salir, jaló a Fabiola para que descansaran juntos un rato más.
Fabiola se acurrucó obediente en su pecho, sin decir ni una palabra, temerosa de interrumpir su sueño.
—No tienes que preocuparte por nada de lo del abuelo, yo me encargo de todo… —Agustín ya se veía agotado, abrazó a Fabiola con fuerza y su voz sonó rasposa y cansada.
—Agustín… —Fabiola alzó la mirada hacia él—. ¿Tú también viviste antes en La Esperanza Verde?
El cuerpo de Agustín se tensó de inmediato. Abrió los ojos, bajó la mirada hacia ella, y sus ojos tenían una profundidad oscura.
—Sí…
—Qué curioso, yo también viví en Ciudad de la Luna Creciente cuando tenía doce años.
Fabiola le sonrió y se acurrucó aún más en su abrazo, rodeándolo con los brazos.
—Ya duerme, tienes los ojos rojos…
Le acarició la espalda con suavidad, como si lo arrullara.
Agustín tragó saliva, preguntándose cómo podía dormir así.
Aunque el cansancio lo vencía, en ese momento sentía que necesitaba a Fabiola más que nunca.
—Tengamos un bebé —dijo Agustín, girando de pronto para quedar sobre ella y besarla.
Ese beso no tenía nada de tierno; era intenso, arrollador, y Fabiola no tuvo más remedio que rendirse.
Lo miró nerviosa, pero luego alzó los brazos y rodeó su cuello, acercándolo más.
El primer consejo del manual de Estefanía: nunca seas una aguafiestas.
Lo más importante siempre serán los deseos del patrón.
Así que Fabiola intentó tomar la iniciativa.
Para Agustín, esa torpeza suya era una tentación imposible de resistir…
Fabiola apenas y lograba pensar. No supo en qué momento le arrancaron la ropa.
...
—Señor Agustín, el lunes… —Emilio, que iba manejando, empezó a decir el itinerario de Agustín, porque había una cita importante.
—Tengo tiempo —Agustín interrumpió en seco, lanzando una mirada amenazadora a Emilio a través del espejo retrovisor.
Emilio se corrigió de inmediato.
—Sí, el lunes no tiene nada agendado.
Fabiola sonrió, ilusionada. Si Agustín iba a su graduación, ya no sería una huérfana…
Aunque, en el fondo, había otro motivo oculto…
Cuando estaba con Sebastián, siempre soñó que él iría a verla graduarse.
Por eso se esforzó tanto, portándose bien, obedeciendo, y más de una vez, cuando lo veía de buen humor, se lo pidió: “¿Vas a ir a mi graduación?”
Sebastián nunca aceptó.
Le decía: “Fabiola, no seas ingenua, yo jamás iría a una ceremonia con tus compañeros.”
Ella siempre se quedaba con el ánimo por los suelos.
¿Acaso era alguien tan indeseable que no podía ser vista en público?
Solo quería no sentirse más como una huérfana, aunque fuera una mentira que quisiera creer.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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