Agustín le sonrió al viejo, después dirigió la mirada hacia la puerta, por donde entraban el mayordomo y el médico.
—Cuídelo bien, ¿sí? —pidió con calma.
Sin decir más, Agustín salió de la habitación acompañado de Fabiola.
El viejo exhaló, por fin, un suspiro profundo y dejó de forcejear.
—Señor, usted debió saberlo desde hace tiempo… no todos los hijos nacen con el corazón limpio. Sergio, ese muchacho, siempre fue un caso perdido. No quiere estudiar, no quiere trabajar, y ahora… hasta intenta matar a su propio padre —murmuró el mayordomo, sacudiendo la cabeza—. Por suerte llegó el señor Agustín a tiempo, si no, ni quiero imaginar lo que habría pasado.
Al mayordomo todavía le costaba creer que Sergio hubiera llegado al extremo de intentar acabar con la vida del viejo. Todo, solo para impedir que él redactara su testamento.
El médico revisó al viejo con profesionalidad. Cuando el mayordomo quiso acompañarlo a la puerta, el anciano le sujetó la muñeca con fuerza.
—Señor… ¿quiere decir algo? —preguntó el médico, notando la tensión.
—Volver a… escribir… el testamento… —susurró el viejo, la voz tan ronca que apenas se le entendía.
Quería rehacer su testamento.
El anterior ya no servía.
El mayordomo lo miró preocupado.
—Pero, señor, con su estado de salud, ¿de verdad quiere…?
Al ver la determinación en la mirada del viejo, no le quedó de otra que soltar un largo suspiro y llamar al equipo de abogados.
El viejo siempre había tenido sus favoritismos, pero con este nuevo cambio, nadie sabía a ciencia cierta qué repartiría o a quién incluiría.
...
Afuera del hospital Costa Esmeralda.
—Gastón, busca un abogado, por favor, saca a tu papá de ahí. ¡Muévete, haz algo!
—¿Y usted cree que yo hago las leyes a mi antojo? —le soltó Gastón, la voz dura como piedra—. No haga más escándalo. Si mi papá termina en la cárcel, yo la regreso al pueblo. Cada mes le enviaré suficiente para que viva bien allá, pero fuera de eso, no espere ni un peso más.
Elvira lo miró con los ojos abiertos de par en par, temblando.
—¿Qué dijiste?
—El abogado la va a contactar. Le mando dos mil pesos cada mes. En el pueblo, con eso puede vivir como reina —continuó Gastón, sin titubear.
—¡Desgraciado! ¡Eso es lo que eres, un desgraciado! ¿Dos mil pesos? ¿Quieres matarme de hambre, o qué? ¿Crees que soy una pedigüeña? —Elvira gritó, fuera de sí.
—¿Dos mil pesos es poco? ¿Cuánto cree que recibí yo todos estos años? ¿Algún mes me dio usted más de trescientos pesos? —Gastón reviró, soltando una carcajada amarga—. ¡Y esos trescientos me los ganaba yo, cargando mariscos para don Miguel! ¿No era yo quien, después de clases, cargaba cajas para que en la casa tuviéramos aunque sea mil ochocientos pesos al mes? Antes, los tres vivíamos con mil ochocientos al mes, y ahora, ¿usted sola no puede vivir con dos mil?
Elvira, desbordada, le gritó sin control, sintiendo que el hijo frente a ella era un desconocido. En ese instante, el lazo entre madre e hijo parecía hecho trizas por los años de indiferencia y resentimiento.

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