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Florecer en Cenizas romance Capítulo 359

—Pero, hermano, así te vas a poner en la mira. Hoy alguien se atrevió a intentar atropellarte con el carro, y quién quita que mañana vengan directo a matarte. Esta gente está loca, tienes que buscarte una identidad que te proteja —dijo Gastón, mirando a Agustín con preocupación.

Agustín sonrió con calma.

—Ya sé lo que tengo que hacer. Tú encárgate de lo tuyo en la escuela… y cuida bien a tu cuñada. Lo demás déjamelo a mí.

Gastón asintió con fuerza, como si su vida dependiera de ello.

—Y no estés viniendo tanto para acá —le advirtió Agustín, decidido a que el teatro debía ser completo si quería protegerlo.

Gastón bajó la mirada, sintiéndose un poco incomprendido.

—Entonces, hermano, si algún día hago algo raro delante de los demás, tú de todos modos tienes que confiar en mí…

A Gastón le preocupaba que Agustín llegara a dudar de él.

—Gastón, escucha a tu corazón —le aconsejó Agustín—. Yo no juzgo a las personas solo por lo que veo o escucho, sino por lo que siento de verdad.

En el mundo de los negocios todo era así: la línea entre la mentira y la verdad se desdibujaba. A veces, el enemigo más feroz podía ser tu aliado en secreto, y quien fingía ser tu amigo podía estar esperando el momento para destruirte.

Gastón asintió, comprendiendo la advertencia.

Sin decir más, se despidió y salió de la habitación.

...

Agustín tomó el celular y llamó a su asistente.

—Necesito que investigues a fondo a Violeta —ordenó.

En cuanto al accidente de ese día…

Sebastián Benítez le había advertido que podía estar relacionado con el hijo no reconocido de la familia Benítez, lo que le encendió una alerta a Agustín.

...

—Amor, el doctor dice que en cuanto termines el suero ya te puedes ir a casa —comentó Agustín, mirando a Fabiola, quien estaba en la puerta, comiendo sandía.

—¡Sí, sí! Vámonos a casa. Hoy te voy a preparar caldo de costilla —respondió Fabiola, contenta y obediente, saboreando el dulce de la fruta.

Agustín le sonrió, deseando que Fabiola nunca perdiera esa inocencia tan limpia.

—Vámonos.

Se bajó de la cama y retiró él mismo la aguja del brazo.

Fabiola, asustada, corrió hacia él.

Agustín se plantó firme ante los periodistas.

—Mi abuelo dejó toda la fortuna de la familia Lucero en mis manos. Es muchísimo dinero y hay muchos que quieren apoderarse de él, incluso a costa de mi vida. Pero quiero que quede claro: si me pasa algo, todo ese dinero será donado al país, ni un solo peso caerá en manos de alguien malintencionado.

No mencionó a Fabiola. La estaba protegiendo.

Sabía que dejarle tal cantidad de dinero no era un regalo, sino una sentencia.

...

—Señor, señora, por aquí —llamó el asistente, deteniendo el carro en la banqueta mientras los guardaespaldas los cubrían para que pudieran subir.

—¡Señor Agustín, eso sí que fue radical! ¿De veras permitió que lo atropellaran? ¿Está bien de verdad? —preguntó el asistente, visiblemente nervioso.

Agustín tosió con fuerza y le lanzó una mirada significativa.

El asistente captó la indirecta y se volteó, mirando sorprendido a Fabiola.

—¿La señora no sabe que usted planeó el accidente?

Fabiola entrecerró los ojos y miró a Agustín, lanzándole una advertencia muda.

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