Fabiola se quedó perpleja por un instante, pero pronto comprendió la jugada.
Fabián no esperó a que nadie más hablara. Se giró hacia los oficiales con una autoridad que no admitía réplicas.
—Oficiales, como ven, esto es un asunto corporativo interno. Iremos a la sede ahora mismo para revisar los registros del servidor. Si confirmamos el delito, nosotros mismos la entregaremos.
Sin esperar respuesta, agarró a Paulina del brazo con una fuerza que le hizo daño.
—Vámonos. A la sala de juntas. Ahora —ordenó Fabián, arrastrándola fuera del recinto y lejos de las cámaras, dejando claro que el juicio real apenas comenzaba.
Los doce accionistas presentes intercambiaron miradas de incredulidad. La sola presencia de Paulina Barrera en esa sala ya era una violación al protocolo, dado que había sido apartada de la familia, pero que Fabián la hubiera traído como "asesora externa" y ahora la defendiera así, era el colmo.
Bajaron la vista o fingieron revisar sus documentos, evitando hacer contacto visual con quien presidía la mesa. Fabián Gallegos acababa de soltar una mentira flagrante para protegerla, y hasta el empleado más nuevo sabía que era falso. —Fue un error administrativo —repitió Fabián, pasando la mano por su cabello perfectamente peinado, ignorando la tensión en el aire—. Se acomodó el saco azul marino con un movimiento brusco, visiblemente a la defensiva. —Mi asistente personal envió el archivo incorrecto a la carpeta de Paulina. Ella, al estar fuera de la operación diaria, no tenía forma de saber que ese diseño era un borrador privado de Fabiola.
Paulina, sentada a su derecha, bajó la vista de inmediato, ocultando el rostro entre las manos en un gesto de vergüenza ensayada. Sacó un pañuelo de seda y se secó la comisura del ojo, aunque no había lágrimas reales allí.
—Sí, lo siento mucho. De verdad, no revisé bien el origen del archivo —murmuró Paulina con voz temblorosa, lo suficientemente alto para que todos la escucharan—. Estaba tan presionada por la fecha de entrega... Fabiola, por favor, perdóname por este terrible malentendido.
Fabiola Campos no parpadeó. Estaba sentada al otro extremo de la mesa, con las manos entrelazadas sobre la superficie de caoba fría. Observó a Fabián con una atención casi clínica. Notó las pequeñas gotas de sudor que brillaban en la frente de él, vio cómo sus ojos evitaban su mirada y se centraban obsesivamente en un bolígrafo que giraba entre sus dedos.
En ese instante preciso, la imagen del hermano mayor protector, aquel hombre íntegro que el abuelo le había descrito en su lecho de muerte, se desmoronó por completo. Frente a ella no había un líder, ni un aliado. Solo había un hombre dispuesto a pisotear la integridad de la empresa familiar por una mujer que no valía nada.
Fabiola sintió que las puntas de sus dedos se enfriaban, como si la sangre se hubiera retirado de sus manos. No había rabia, ni ganas de gritar, ni siquiera el impulso de llorar. Solo una claridad repentina y helada.
Lentamente, empujó su silla hacia atrás. Las patas de metal rechinaron contra el piso de mármol pulido, un sonido agudo que hizo que dos directivos levantaran la cabeza sobresaltados.
—Fabiola, siéntate. No permitiremos berrinches en esta sala —dijo Fabián, frunciendo el ceño, usando ese tono de autoridad condescendiente con el que intentaba recordarle quién mandaba—. Es un simple error, supéralo. Fabiola negó con la cabeza muy levemente, inmune a su manipulación. Extendió el dedo índice y empujó la credencial sobre la mesa, deslizándola unos centímetros hacia él. —Fabián, te regalo la empresa. Quédatela —dijo Fabiola con voz calmada, mirándolo directamente a los ojos oscuros, viendo por fin al hombre pequeño que se escondía tras el traje—.
—Haz con ella lo que quieras. Pero no esperes que me quede en primera fila para ver cómo la hundes solo para proteger a tu amante y pisotear mi trabajo.
Sin esperar ni un segundo más, Fabiola tomó su bolso, dio media vuelta y caminó hacia la salida. Sus tacones resonaban con fuerza, marcando un ritmo constante y firme en el piso: tac, tac, tac.
—¡Fabiola! —gritó Fabián, poniéndose de pie de golpe. Su silla cayó hacia atrás con estrépito, golpeando la pared.
La humillación le subió por el cuello como una marea roja, enrojeciéndole la cara y las orejas. Los accionistas empezaron a murmurar entre ellos, el caos se desataba. Fabián apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula, salió de detrás de la mesa y corrió hacia la puerta para alcanzarla.
—¡Detente ahora mismo! —bramó Fabián mientras cruzaba el umbral tras ella, ignorando las miradas atónitas de su propia junta directiva.

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