La Mansión de los Lucero estaba en silencio, pero en el estudio de la planta baja, Violeta Montes caminaba de un lado a otro. Sus tacones golpeaban la madera con un ritmo ansioso, rápido. Se detuvo frente a la ventana y miró hacia el jardín. Gastón estaba recuperando terreno en la empresa demasiado rápido. Los viejos socios de Agustín empezaban a escucharlo, a respetarlo. Si ella no actuaba esa misma noche, todo por lo que había luchado se le escaparía de las manos.
Violeta sacó un teléfono desechable de su bolso y marcó un número.
—Ven a mi estudio. Ahora.
Dos minutos después, la puerta se abrió con un rechinido suave. Anaís entró. Llevaba el uniforme de servicio, pero su postura era tensa, con los hombros encogidos.
Violeta no perdió el tiempo en saludos. Abrió el cajón de su escritorio y sacó un frasco de vidrio pequeño, no más grande que un dedo meñique, lleno de un líquido transparente. Lo puso sobre la superficie de madera pulida y lo empujó hacia Anaís.
—Hoy es la noche —dijo Violeta con voz baja y fría—. Pónselo en su té de manzanilla. Se lo toma siempre antes de dormir.
Anaís miró el frasco como si fuera una brasa ardiendo. Sus manos temblaban visiblemente.
—Señora... ¿esto qué le va a hacer?
—Le va a provocar un paro cardíaco. Limpio. Rápido. Parecerá un infarto natural por estrés —Violeta sonrió, pero sus ojos no tenían ni una pizca de calidez—. Tú solo hazlo. Mañana tendrás tu dinero y el boleto de avión para largarte de aquí. Si no lo haces, bueno... ya sabes lo que le pasa a la gente que me traiciona.
Anaís tragó saliva. Sintió un nudo en la garganta. Extendió la mano y tomó el frasco. El vidrio estaba frío contra su piel sudorosa.
Anaís entró. Gastón estaba recostado en la cama, con la espalda apoyada en el respaldo de cuero, leyendo un libro grueso de finanzas. Apenas levantó la vista cuando ella entró con la charola.
Anaís cerró la puerta con el pie. Caminó dos pasos hacia la cama. El olor del té caliente llenó el aire. Miró a Gastón, tan joven, leyendo sin sospechar nada. Miró el frasco escondido en su delantal.
El miedo a Violeta era grande, pero el miedo a morir en la cárcel o ser asesinada después era mayor.
Anaís dejó la charola sobre la mesita de noche con un ruido metálico fuerte, sacó el frasco de su bolsillo y lo sostuvo en alto, a la vista de él. Sus piernas fallaron. Se dejó caer de rodillas sobre la alfombra, rompiendo a llorar.
—Señor... —sollozó Anaís, levantando el frasco hacia él con ambas manos—. Su madrastra quiere matarlo hoy.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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