Gastón no se sobresaltó. No dejó caer el libro, ni abrió los ojos con sorpresa. Con una calma escalofriante, marcó la página que estaba leyendo, cerró el libro y lo colocó suavemente sobre las sábanas.
Miró a Anaís, que seguía arrodillada en el suelo, temblando como una hoja.
—Levanta la cabeza, Anaís —dijo Gastón. Su voz no tenía miedo, solo una firmeza de acero.
Anaís alzó el rostro, bañado en lágrimas y mocos. Gastón estiró la mano, tomó su celular de la mesa de noche y abrió la aplicación de grabadora de voz. Presionó el botón rojo.
—Repite lo que acabas de decir. Fuerte y claro.
Anaís sorbió por la nariz, tomó aire y habló, con la voz entrecortada pero audible:
—La señora Violeta Montes me dio este frasco. Me dijo que lo pusiera en su té. Dijo que le causaría un infarto y que parecería natural. Me amenazó con hacerme daño si no obedecía.
Gastón detuvo la grabación. Asintió, satisfecho. Se levantó de la cama, caminó hacia ella y le quitó el frasco de las manos. Lo sostuvo contra la luz de la lámpara, observando el líquido transparente.
—Si ella quiere un muerto, le daremos un muerto —murmuró Gastón.
Anaís lo miró sin entender, con los ojos muy abiertos.
—¿Señor?
—Vamos a montar el escenario. Ella está esperando escuchar el caos. No podemos decepcionarla —Gastón caminó hacia el baño de la habitación—. Tira ese té por el inodoro. Lava la taza. Luego empieza a gritar. Quiero que llores de verdad, que se te desgarre la garganta.
Anaís se levantó tambaleándose y corrió a obedecer. El sonido del agua del inodoro se escuchó segundos después.
Gastón sacó de su cajón secreto un frasco de pastillas diferente, uno que Agustín le había conseguido a través de contactos médicos en el extranjero. Eran betabloqueantes potentes, diseñados para bajar la frecuencia cardíaca al mínimo y simular un colapso circulatorio sin matar al paciente, si se administraban con cuidado.
Sacó una pastilla blanca y pequeña.
Tomó su celular y marcó un número rápido.
—Agustín —dijo en cuanto contestaron al otro lado—. Es hora. Violeta mordió el anzuelo. Vamos a iniciar el show.
Colgó. Escuchó a Anaís salir del baño, pálida y lista.
Gastón se metió la pastilla en la boca. No necesitaba agua. Tragó en seco, sintiendo cómo la pequeña píldora bajaba por su garganta, raspando un poco, iniciando la cuenta regresiva.
El grito desgarrador de Anaís rompió la tranquilidad de la noche en la mansión.
—¡Ayuda! ¡El señor Gastón! ¡Ayuda, por favor!
Pocos minutos después, las luces azules y rojas de la ambulancia iluminaban la fachada de la casa, rebotando en las ventanas. Los paramédicos entraron corriendo con la camilla.
Violeta Montes bajó las escaleras en bata de seda, con el cabello suelto, interpretando el papel de su vida.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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