El centro de comando de Agustín Lucero no aparecía en ningún plano oficial de Firmeza Global. Era un sótano blindado, lleno de servidores que zumbaban y pantallas gigantes que mostraban mapas de la ciudad en tiempo real.
Agustín estaba de pie frente a la pantalla principal, con las manos apoyadas en la mesa de cristal, los nudillos blancos por la presión. Su rostro era una máscara de furia contenida, pero sus ojos delataban el terror absoluto de perderla.
—¡Díganme que tienen algo! —rugió, haciendo que los tres técnicos de sistemas saltaran en sus sillas.
—Señor, la señal del celular desapareció en el centro comercial. Lo destruyeron o lo dejaron ahí —dijo uno de los técnicos con voz temblorosa.
—¡No me importa el maldito celular! —Agustín golpeó la mesa—. ¡El reloj! ¡Busquen la señal del reloj!
Hace dos meses, Agustín le había regalado a Fabiola un reloj de platino con incrustaciones de diamantes. No era solo una joya; tenía un rastreador GPS militar de largo alcance incrustado en el mecanismo, con una batería independiente. Se lo había dado precisamente por esto, por el miedo constante a que sus enemigos intentaran usarla contra él.
—Estamos escaneando frecuencias bajas, señor... Espere. —El técnico principal tecleó furiosamente—. Tengo un pulso. Es débil, hay mucha interferencia, probablemente una estructura metálica gruesa, pero está ahí.
Un punto rojo parpadeó en el mapa digital, en la zona industrial norte, lejos de la ciudad.
—Coordenadas —ordenó Agustín, girándose hacia el estante de armas en la pared. Se quitó el saco de traje y se puso un chaleco táctico antibalas sobre la camisa blanca.
La puerta de seguridad se abrió con un zumbido hidráulico.
Sebastián Benítez entró. El antiguo rival de negocios de Agustín, el hombre que una vez intentó comprar el Grupo Barrera, ahora lucía serio y decidido.
—Sé dónde es eso —dijo Sebastián, señalando el punto rojo en el mapa—. Es la vieja planta textil de los Robles. La cerraron hace diez años por problemas sindicales. Es un laberinto. Si entras por la puerta principal, te verán a kilómetros.

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