El eco de la bofetada aún resonaba en la mente de Fabiola, pero el dolor físico era lo de menos. Santiago había estado hablando durante veinte minutos, describiendo con detalles sádicos cómo planeaba desmantelar el Grupo Barrera y venderlo por partes una vez que ella estuviera muerta.
—Nadie vendrá, Fabiola —dijo Santiago, jugando con el arma—. Agustín es listo, pero yo soy precavido. Esta bodega está recubierta de plomo. Ninguna señal entra o sale.
Fabiola sabía que mentía, o al menos eso esperaba. Miró su muñeca izquierda. El reloj que Agustín le dio seguía allí, brillando bajo el polvo. Santiago, en su arrogancia, no le había quitado las joyas, considerándolas trofeos irrelevantes.
—¿Vas a matarme? —preguntó Fabiola, forzando la voz para que sonara tranquila—. Bien. Hazlo. Pero te vas a perder los trescientos millones.
Santiago se detuvo. El cañón del arma bajó unos centímetros. La codicia, su eterno pecado, brilló en sus ojos.
—¿De qué hablas?
—Las cuentas suizas del abuelo —mintió Fabiola con una fluidez que la sorprendió—. No están en el testamento oficial. Él me dio los códigos de acceso antes de morir. Trescientos millones de dólares en bonos al portador. Solo yo tengo la clave en mi memoria. Si me matas, ese dinero se pierde para siempre en el banco de Zúrich.
Santiago se pasó la lengua por los labios secos. Trescientos millones. Eso era más de lo que valía su propia empresa en quiebra.
—Dámelos —ordenó, acercando el arma de nuevo—. Dame los códigos ahora y te prometo una muerte rápida.
—Necesito una computadora para acceder al servidor y desbloquearlos —improvisó Fabiola—. Y necesito que me sueltes las manos.
Santiago dudó. Miró a sus dos sicarios que montaban guardia en la puerta de metal.
—Tráiganle una laptop —ladró Santiago—. Pero si intentas algo raro, te disparo en la pierna.
Fabiola asintió, respirando hondo. Había ganado tiempo. Cinco minutos, tal vez diez. Solo esperaba que fuera suficiente.
De repente, un estruendo sacudió la bodega.

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