El sonido de las sirenas de policía se acercaba a la bodega, mezclándose con el ruido rítmico de las aspas del helicóptero que esperaba afuera.
Sebastián Benítez, con la eficiencia de un profesional, tenía a Santiago Robles inmovilizado en el suelo, atado de pies y manos con las mismas bridas que habían usado con Fabiola.
—La caballería ya viene —dijo Sebastián, mirando a Agustín—. Llévatela. Yo me encargo de entregar la basura a las autoridades. Tengo un par de cosas que decirle a Santiago sobre los negocios sucios que hicimos en el pasado.
Agustín asintió, agradecido. Cargó a Fabiola en brazos, ignorando sus protestas de que podía caminar, y la sacó de la bodega hacia la noche fresca.
El helicóptero despegó, elevándose sobre la ciudad iluminada.
Dentro de la cabina, con el ruido del motor amortiguado por los auriculares, Fabiola no dejaba de mirar a Agustín. Recorrió con la mirada su perfil duro, la cicatriz pequeña en su ceja, las manos fuertes que ahora entrelazaban las suyas.
—Lo sabía... —susurró a través del micrófono de los auriculares, su voz pequeña y frágil, llena de una certeza dolorosa—. Tu letra, tu olor, tus manos... En el fondo siempre supe que eras tú. ¿Por qué tardaste tanto? ¿Por qué me hiciste creer que te había perdido?
Agustín se giró hacia ella. La luz de los controles iluminaba su rostro, quitándole años de encima, devolviéndole la expresión del hombre del que ella se había enamorado años atrás.
—Tuve que morir para protegerte, Fabiola —dijo él, apretando su mano—. Santiago y sus socios iban a matarnos a los dos. La única forma de salvarte era desaparecer, convertirme en alguien más poderoso, alguien a quien ellos temieran. Pero vivir sin ti... verte sufrir desde lejos... fue un infierno cada día.
Las lágrimas finalmente rodaron por las mejillas de Fabiola. No de tristeza, sino de un alivio tan inmenso que dolía.
—Eres un idiota —sollozó ella, riendo entre lágrimas—. Un idiota heroico.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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