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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 108

Nuevo hogarInalcanzable: Mi esposa ya no me ama ya está en NarraverseSigue leyendo en nuestro nuevo sitio: un lector más limpio, páginas más rápidas y los capítulos más recientes.Leer en Narraverse

Pasó un buen rato en el auto intentando calmarse.

Hugo marcó el número fijo de la casa.

Marta contestó casi de inmediato.

—¿Qué está haciendo ella ahora?

No quería regresar y encontrarse a Vania armando un baño de sangre.

Además de tener que llevarla al hospital, tendría que silenciar a la prensa otra vez.

En estos cinco años, había tenido que lidiar con esa situación infinidad de veces.

Ya estaba harto.

¿Acaso Vania no quería divorciarse?

Él estaría más que feliz de concedérselo.

Si no fuera por Xavier Yáñez...

Marta tapó ligeramente la bocina con la mano, como si temiera que Vania la escuchara.

—Señor, ella...

Sin esperar a que Marta terminara, Hugo la interrumpió con impaciencia.

—Ya basta, mandaré a alguien de inmediato.

Vania hizo que le subieran los pedidos de comida a su cuarto uno tras otro.

Comió hasta que sintió que iba a reventar y dejó la basura en el pasillo.

La casa se había llenado de desconocidos.

Marta pasó justo en ese momento.

Vania seguía pálida.

—Marta, ¿qué está pasando?

Esos hombres enormes y fornidos, que parecían albañiles, estaban haciendo remodelaciones en la mansión.

Habían puesto alfombras gruesas por todos lados; incluso el mármol de la sala de estar ahora tenía tres capas de recubrimiento.

En el jardín, una decena de jardineros ponía césped sintético a toda prisa, cubriendo hasta las piedras decorativas.

Los barandales de las escaleras estaban forrados por completo.

Marta no le hizo caso; se inclinó, tomó la bolsa de basura y bajó las escaleras.

Vania la detuvo en seco.

—Súbeme un cuchillo para pelar fruta.

Marta se puso pálida de inmediato y le contestó con mala cara:

—No hay.

Vania frunció el ceño.

—¿No hay un cuchillo para la fruta?

Marta respondió con firmeza:

—No, no hay. Si quiere fruta, se la corto y se la subo yo misma.

Vania no quería molestarla.

—No es necesario, yo me la corto.

—¡De ninguna manera!

La voz de Marta sonó casi estridente mientras miraba a Vania.

Vania percibió el olor metálico, y su mente comenzó a imaginar cosas.

En menos de dos segundos, todo se volvió oscuro.

Y cayó redondita al suelo.

Hugo le pidió a Miguel que lo llevara a la oficina.

Pero a medio camino, la inquietud no lo dejaba en paz.

—Vuelve a Villa Ébano.

Miguel se quedó pasmado.

Estaba seguro de que había escuchado bien; a pesar de estar a punto de llegar a la empresa, dio la vuelta.

Hugo abrió la puerta de la habitación y de inmediato sintió un olor extraño.

Vania estaba tirada en el suelo; su corazón dio un vuelco, se acercó rápidamente y la levantó.

Y efectivamente, había una mancha de sangre en la alfombra.

Hugo, como si fuera rutina, llamó a Mateo Quintanilla.

—Ven a la casa. Vania intentó suicidarse.

Mateo respondió:

—Trata de curar la herida superficialmente, llego enseguida.

Mateo ya estaba acostumbrado.

Si no recibía un par de llamadas como esa cada mes, entonces sí que le parecería raro.

Hugo miraba el rostro de Vania, tan pálido y con los labios sin color.

Si estaba fingiendo, esta vez lo estaba haciendo mucho mejor que cualquier otra.

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