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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 604

¡Resultaba que era el abogado de Vania!

Cristina perdió los estribos.

—¿Qué dinero? ¡Yo no le debo ni un centavo a Vania Zapata! ¡Que se atreva a demandarme, seré yo quien la demande a ella! ¡Me tendió una trampa para arruinarme, la voy a demandar, dile a esa infeliz que me espere sentada!

Frente al edificio corporativo, dentro de su lujosa camioneta, los gritos de Cristina asustaron a más de un transeúnte.

Su rostro estaba desencajado, con una expresión de pura furia.

Sin esperar respuesta, colgó el teléfono como una desquiciada.

Dos segundos después, el celular volvió a sonar. Estaba a punto de lanzar un insulto cuando vio el nombre de Elena Figueroa en la pantalla.

—¿Qué pasa ahora? —respondió, intentando reprimir sus emociones y limpiándose las lágrimas.

Cuando le daban sus ataques de histeria, gritaba y lloraba al mismo tiempo, lo que terminaba arruinándole el maquillaje.

—¿Dónde estás? ¡Hay gente aquí embargando la casa! Dicen que tienes deudas millonarias y nos van a quitar la propiedad.

Elena Figueroa lloraba a mares, al borde del desmayo.

Cristina se quedó paralizada, su rostro palideció y sus facciones se tensaron.

—¿Cuál casa?

Anteriormente, su madre le había cedido una gran mansión a Luciano Figueroa y a su esposa. ¡Vania era una desgraciada! Ni siquiera le dio un aviso previo ni tiempo para maniobrar antes de desmantelar el Consorcio Figueroa.

De no ser por la llamada del abogado, ni siquiera se habría enterado de que su empresa había sido liquidada por completo.

—Villa Ébano. ¿No es aquí donde vivían Hugo y Vania? ¿Por qué nos están embargando esta? ¡Llama de inmediato a Luciano! ¡No, mejor llama a Paola, apúrate!

Elena Figueroa estaba sentada en el suelo, negándose a dejar que pusieran los sellos de embargo en la puerta.

Pero a esas alturas, ni sus llantos, gritos ni amenazas de muerte servirían de nada.

Cristina sintió que se quedaba sin energía. Se recostó contra el asiento, completamente paralizada.

Del otro lado de la línea hubo un alboroto y la llamada de su madre se cortó.

Cristina se quedó sentada en el auto, sintiendo un frío que le calaba los huesos, como si hubiera caído en un lago congelado.

No tuvo el valor de llamar a Luciano ni a Paola por miedo a escuchar peores noticias. Y justo mientras dudaba, el teléfono sonó. Era Paola.

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