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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 118

Los dos hombres parecían reyes emergiendo de la oscuridad.

Uno llevaba un abrigo gris y tenía una complexión robusta. Con los lentes sobre el puente de la nariz, imponía una presencia abrumadora.

El otro, con un traje oscuro, acababa de bajar de una lujosa camioneta negra. Sus zapatos de cuero pisaron los charcos, salpicando el agua, mientras sostenía un enorme paraguas negro que no lograba ocultar el aura destructiva que lo rodeaba.

Se pararon frente a frente. Rodrigo se ajustó los lentes y lanzó el primer golpe.

—¿No decías que no era asunto tuyo?

Los largos dedos de Hugo tamborilearon sobre el mango del paraguas, produciendo un sonido sordo y pesado.

—¿Quién dijo que vine a buscar a Vania? Vine a tomar un trago.

Pasó de largo junto a Rodrigo y entró al bar. Rodrigo resopló con sarcasmo y fue tras él.

Los dos dieron otra ronda completa por el local, pero no encontraron rastro de aquellas dos mujeres atrevidas.

Al pasar frente a los privados VIP, un par de brazos jalaron a Rodrigo y a Hugo hacia adentro.

—¡Hasta que llegan! Pensamos que estas dos divinidades nunca se dignarían a aparecer —dijo Iker Uribe, en tono de chisme.

—¿Adivinen a quién acabo de ver?

Adrián Mendoza les guiñó un ojo.

—Vania está allá coqueteando con un niñito lindo que no parece tener ni veinte años.

Con la tenue iluminación del privado, los rasgos de Hugo se endurecieron de forma letal. La ira ya era imposible de disimular en su mirada, y su mandíbula estaba tensa al máximo.

—Vania siempre ha sido así. Si hace cinco años se acostó con nuestro querido Hugo, no tiene nada de raro que ahora ande pescando incautos. El único detalle es que... —Iker, sin el menor instinto de supervivencia, siguió echándole leña al fuego—, ustedes dos siguen casados en papel. Básicamente, te está poniendo los cuernos en tu cara.

El rostro de Hugo se puso pálido de furia, y las venas de su frente palpitaron.

Rodrigo se dejó caer en un sofá del privado, se quitó el abrigo y se desabotonó los dos primeros botones de su camisa de seda negra, dejando entrever su pecho musculoso. A través de sus lentes, su mirada mostraba un cinismo despreocupado.

—Nuestro gran señor Yáñez nunca ha valorado a esa esposa que esconde del mundo. No importa si le pone los cuernos o si se revuelca con otro en sus narices, apuesto a que él ni siquiera parpadearía.

Iker se giró de golpe hacia Rodrigo.

—Por cierto, Rodrigo, no era solo Vania. También estaba tu abogadita, Natalia. Parece que a Vania no le funcionó el truquito, y Natalia tuvo que entrar al quite.

La sonrisa burlona se le borró a Rodrigo en una fracción de segundo.

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