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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 119

A las dos mujeres ya no les importaba hacer el ridículo; lo único que querían era evitar que Hugo y Rodrigo las descubrieran.

Pero a Vania le ganó la curiosidad y echó un vistazo hacia atrás.

El hombre con el que acababan de intentar coquetear ahora estaba acorralado por dos enormes figuras.

Vania tuvo la mala suerte de ver el perfil de Hugo. Bajo las luces del bar, las líneas de su mandíbula se marcaban de forma amenazadora, como si estuviera a punto de estallar de rabia en cualquier segundo.

Hugo y Rodrigo agarraron al sujeto y lo estamparon de cara contra la barra. Al ver que las cosas se ponían feas, la gente alrededor salió huyendo aterrada.

—¿Q-quiénes son ustedes? ¿Qué quieren?

El hombre, que tenía unos ojos rasgados y un lunar bajo el ojo, llevaba un maquillaje bastante pesado. Tenía un aire sumamente afeminado que a Hugo y a Rodrigo les resultó profundamente desagradable.

—¿Tú te haces llamar hombre?

Hugo le agarró el cuello y apretó con tanta fuerza que al sujeto se le pusieron los ojos en blanco. Quedó pegado contra la pared, con la lengua de fuera buscando aire.

Rodrigo lo miraba con desprecio. ¿Qué tenía ese tipo que pudiera compararse con él? ¿Cómo se atrevía a intentar corromper a la niña que él mismo había criado durante más de diez años?

—Habla. ¿Dónde están las dos mujeres que te estaban buscando? —preguntó Rodrigo. Su voz sonaba tan profunda y fría que parecía salir del mismísimo infierno.

El hombre pataleaba desesperado, intentando arrancar las manos de Hugo de su cuello.

Las venas en los brazos de Hugo resaltaban como serpientes furiosas.

Rodrigo echó un vistazo y le advirtió:

—Afloja un poco, no lo vayas a matar.

Hugo recién se dio cuenta de que casi mandaba al tipo al otro mundo.

Soltó un poco el agarre y el sujeto rompió en un llanto tan escandaloso y agudo que los rostros de Hugo y Rodrigo se contorsionaron de puro asco. Estuvieron a punto de callarlo de un golpe.

¿Esto era todo?

¿Acaso a Vania le faltaba un tornillo para fijarse en alguien tan patético y afeminado?

Hugo vio su propio reflejo en los espejos detrás de la barra: su porte imponente, su rostro que volvía locas a tantas mujeres...

¿Será que...

...que lo encontraba muy viejo?

Rodrigo, como si le leyera la mente, lo interrumpió.

—Céntrate en el interrogatorio. ¿En qué estás pensando?

Hugo volvió a apretar el agarre.

—¿A dónde se fueron esas dos?

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