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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 120

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—¿Quién de ustedes dos llamó a la policía?

Mateo miró fijamente a Iker y Adrián, hasta que clavó su mirada en Iker.

Iker levantó las manos en señal de rendición.

—No es mi culpa. Compré este bar hace apenas un mes, y cuando me avisaron que había gente armando problemas, pensé que eran los mismos pandilleros de la última vez. No tenía idea de que eran estos dos...

Adrián le dio unas palmaditas en el hombro, con lástima.

—Amigo, que Dios te agarre confesado.

Iker ya había tomado una decisión: antes de que Rodrigo y Hugo se enteraran de que había sido él, compraría un boleto sin retorno a Cuba para esconderse un buen tiempo.

...

En la delegación, el Capitán Castro les tomó la declaración por separado a los tres involucrados.

Al llegar a la parte final del trámite, miró a Hugo y sacó su teléfono.

—Señor Yáñez, ¿llamamos a su esposa para que venga a firmar la salida?

Solo era cuestión de pagar una multa simbólica.

Si el Capitán Castro hubiera sabido que eran ellos, jamás se habría atrevido a ir personalmente a arrestarlos.

Hugo apretó los labios en silencio por varios segundos. El sonido metálico de su encendedor, abriéndose y cerrándose, marcaba el ritmo.

—Llame.

El capitán tenía el número de Vania guardado, así que marcó directamente.

Contestaron muy rápido.

—Buenas noches, señora Yáñez. ¿Podría molestarla para que venga un momento a la comandancia? El señor Yáñez tuvo un pequeño incidente y necesitamos que firme su fianza.

Al otro lado de la línea, Vania soltó una carcajada burlona en cuanto lo escuchó.

—Se equivoca. Aquí no hay ninguna señora Yáñez. Me apellido Zapata y no tengo esposo. Tampoco sé quién es ese señor Yáñez.

Colgó el teléfono sin piedad.

Tanto Hugo como Rodrigo escucharon la respuesta con claridad.

Los ojos de Rodrigo brillaron con malicia detrás de sus lentes, y sus palabras no ocultaron el más mínimo rastro de burla.

—Así que llegó el día en que al gran Hugo Yáñez ni su propia esposa lo reconoce. Hacen una pareja espectacular.

El rostro de Hugo se descompuso por un instante. Tras unos segundos de silencio, contraatacó:

—Al menos el señor Quintana sí tiene a alguien que lo reclame. Capitán, llame a su contacto primero.

Él defendía a Cristina a capa y espada, igual que hace cinco años.

Si así estaban las cosas, que Cristina fuera a sacarlo de la cárcel.

¿Por qué la buscaban a ella?

Sin embargo, la pantalla mostraba el nombre de Pablo Zapata. Vania dudó un momento antes de deslizar el dedo y contestar.

—Vania, el señor Yáñez acaba de llamarme. Me dijo que tuvieron un pequeño malentendido y que no le contestas el teléfono. Son marido y mujer, tienes que controlar ese carácter tuyo o nuestra familia será la que pague las consecuencias. Hija, tú siempre has sido la más sensata. La abuela necesita que paguemos sus cuidados médicos de inmediato.

—Si la familia Zapata se hunde, nosotros y la abuela terminaremos en la calle. ¿Acaso no estabas enamoradísima de él? Ahora que te busca, trata de llevarte bien con él. Sé obediente.

Vania se mordió el labio inferior. Hugo siempre jugaba la misma carta sucia.

Era un maldito cobarde.

Cruzó un par de palabras más con su tío y colgó.

Medio minuto después, el Capitán Castro volvió a llamarla.

Esta vez contestó de inmediato, con voz dura como el acero.

—Voy enseguida. Dígale que espere.

Que espere sentado. Primero daría vueltas por la ciudad una hora entera, y ya si le daban ganas, iría a sacarlo.

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