Hugo se quedó sentado en la estación de policía casi hasta el amanecer.
El capitán Castro ya le había insinuado hacía rato que podía irse, pero el señor Yáñez permanecía inmóvil, sin mover un solo músculo.
Nadie en la estación se atrevía a irse; todos acompañaban a Hugo mientras esperaba a que su esposa viniera a recogerlo.
Vania Zapata primero volvió a Villa Ébano para ver a Luna, quien dormía plácidamente en su habitación.
Luego, se fue a un puesto de comida nocturno y cenó hasta no poder más antes de dirigirse lentamente a la estación de policía.
Hugo esperó unas largas tres horas hasta ver a una Vania despreocupada y con expresión gélida. El rostro de él estaba tan sombrío que parecía a punto de estallar.
—Señora Yáñez, por favor firme aquí.
El capitán Castro sudaba frío.
Este hombre podría haberse ido hace horas. Seguramente la pareja había discutido y, como ella no aparecía, él se atrincheró en la estación, bebiéndose hasta la última gota del poco buen café que les quedaba.
El capitán no se atrevía a echarlo, así que solo le quedó luchar contra el sueño y obligar a todo su equipo a hacerle compañía.
—Aquí mismo.
Al ver a Vania, el capitán Castro sintió que veía a un ángel salvador. Rápidamente hizo que firmara los papeles para que se llevara a Hugo a casa.
Miguel había sido arrancado de su cama en medio de la noche, aún con los ojos entrecerrados por el sueño, para ir a recogerlos. El susto le espantó el cansancio de golpe.
Una vez en el auto, dentro de aquel espacio reducido, ninguno de los dos pronunció palabra.
La atmósfera pesada era tan asfixiante que hasta Miguel se sentía oprimido.
Al llegar a la entrada de Villa Ébano, Vania acercó la mano a la manija de la puerta, pero escuchó el clic del seguro bajando.
Miguel ya se había bajado del auto hacía rato y se había ido en un taxi.
—Señor Yáñez, me pediste que fuera a sacarte de la estación y ya lo hice. ¿Tienes alguna otra orden?
Era la primera vez que Vania estaba tan furiosa como para compartir el mismo espacio con él y tratarlo como si fuera invisible.
Hugo sabía que ella seguía molesta por cómo él había defendido a Cristina Figueroa.
Sin embargo, podía soportar todos sus caprichos irrazonables, incluso que usara cualquier artimaña para llamar su atención.
Pero Cristina y su hijo eran una responsabilidad que él no podría eludir en toda su vida.
César Yáñez era su hermano menor. Como ya no estaba, era su deber tratar bien a su viuda y a su hijo.
—Sobre lo de Cristina...
Hugo se aclaró la garganta.

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