—¡Jamás se las daré! Tú eres igual de mala que la madre de Cristina, un par de víboras. Si quieren las acciones de la familia, ya pueden irse olvidando. Mientras me quede un suspiro de vida, todo es para mi Vani.
—¡Ni tú ni ese malagradecido de mi hijo verán un solo centavo! ¡Largo de aquí! ¡Váyanse y no vuelvan, no quiero verles la cara!
Rosa, furiosa, le gritó de vuelta a doña Mercedes.
—¡Vieja loca! Jimena también es tu nieta. ¿Le niegas todo a ella para dárselo a esa arrastrada que se muere por los Yáñez? ¿Acaso sigues soñando con esa farsa de la "chica genio"? ¿De verdad crees que si Vania vuelve va a heredar algo?
—Esa inútil, por un hombre es capaz de vender hasta a su propia hija. Se arrodilló frente a su media hermana, abofeteándose a sí misma, rogando para que la familia Yáñez la aceptara. ¡Es una completa vergüenza! Y tú sigues creyendo que va a limpiar el nombre de la familia.
—¡Si no fuera por mi esposo y por mí, que nos hemos dejado la piel para salvar lo poco que queda, tu adorado hijo mayor, su exesposa y esa decepción de nieta tuya ya habrían hundido todo el patrimonio de los Zapata!
Ciega de rabia, Rosa barrió con el brazo todos los suplementos médicos de la mesita de noche de doña Mercedes. Las tazas de té y el termo de agua se hicieron añicos contra el suelo.
—¡Fuera! ¡Lárguense! Prefiero regalar esas acciones a la caridad antes que dárselas a unos buitres como ustedes.
Rosa levantó la mano para empujar a la anciana, pero Vania pateó la puerta para abrirla y corrió a interponerse, recibiendo la bofetada que iba dirigida a su abuela.
La mitad de su rostro se puso roja y se hinchó al instante. Vania tenía fuego en la mirada.
—Tía Rosa, Jimena... ¿Cómo pueden tratar así a una anciana enferma? ¿Acaso no tienen corazón?

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