¡Zas!
El sonido seco de una bofetada resonó en la habitación, seguido de un silencio sepulcral.
Jimena jamás imaginó que Vania se atrevería a pegarle; se quedó petrificada.
Rosa, protegiendo a su hija a sus espaldas, levantó la mano para devolverle el golpe.
Pero antes de que lograra bajar la mano, fue ella quien recibió una sonora cachetada.
Doña Mercedes, con los ojos echando chispas, le apuntó a Rosa con el dedo.
—¡Quiero ver quién es la valiente que se atreve a tocar a mi nieta!
—¡Vieja loca! ¡Y todavía la defiendes! Si no fuera por esta poca cosa, nuestra familia no estaría arruinada, ni tú estarías todo el día como una demente, sin reconocer a nadie.
Rosa no cabía en sí de la rabia.
Doña Mercedes la miró apretando los dientes.
—¡A quién defiendo es mi problema! Mi Vani es la niña más buena del mundo. Si no se hubiera equivocado al enamorarse y perder el rumbo, jamás habría pasado por todo eso. Fue mi culpa, por no haberla protegido como debía cuando su padre murió. Todo es culpa mía.
La anciana, entre lágrimas, tomó las manos de Vania: —Vani, eres tú... Viniste a verme, ¿verdad? Dime que no estoy soñando.
Rosa temblaba de furia.
—Si vino a verte es porque la familia Yáñez ya la tiró a la calle. Y tú pensando que es buena nieta. ¡Si no fuera por mi marido todos estos años...!
En ese momento, el director del asilo se acercó al escuchar el escándalo.
Con el ceño fruncido, exclamó: —¿Qué es todo este alboroto? ¿Vinieron a visitar a la señora o a maltratarla? ¡Por favor! No son los únicos en el edificio, hay otros pacientes que necesitan descansar.
Rosa se rehusó a calmarse.
—¡Llega en el momento justo! ¡Saque a esta mujer de aquí ahora mismo! Ella es la que viene a abusar de la anciana. Nuestra madre perdió la cabeza precisamente por los disgustos que ella le ha dado.
Rosa temía que, si Vania se quedaba, doña Mercedes terminara entregándole las acciones.

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