¿De verdad creía que iba a rebajarse a pelear con Cristina por un hombre?
Alguien como Hugo merecía a alguien exactamente como Cristina. Eran el uno para el otro.
¿Cómo era el dicho?
"A cada cerdo le llega su San Martín".
Que no la arrastrara a ella a su miseria.
Un destello sombrío cruzó por los ojos de Hugo.
¿Qué intentaba decirle con eso?
¿Que ya no le importaba en lo absoluto?
Vania pasó de largo, sin dignarse a mirarlo una segunda vez.
Hugo recordó la llamada telefónica que acababa de recibir.
Ah.
Con que era por eso.
¿No se suponía que no le importaba?
Al final del día, seguía siendo la misma mujer de siempre, haciendo un drama porque estaba muerta de celos.
Además, él realmente estaba ocupado.
Durante los últimos cinco años, Vania había criado a Luna por su cuenta.
Que él no estuviera presente ahora no iba a cambiar nada.
Tampoco tenía paciencia para andar detrás de ella intentando consolarla.
Sentía que ya había sido bastante indulgente dejándola vivir esa tarde después del altercado. Ella había golpeado a su propia madre y él lo dejó pasar sin consecuencias.
Y aun así, ella seguía estirando la cuerda.
—Haz lo que quieras —soltó Hugo y, sin más, se dio la vuelta y volvió a subir las escaleras.
Para cuando volvió a bajar, ya se había puesto su traje habitual. Tomó las llaves y se marchó en su auto.
Al ver que se había ido, Vania sintió, de manera inexplicable, un profundo alivio.
Cada vez que Hugo estaba cerca, aunque no hiciera ni dijera nada, su sola presencia llenaba el ambiente de una presión sofocante.
Se le hacía tarde. Para no llegar impuntual por su hija, bajó rápidamente al garaje, tomó las llaves de su propio auto y condujo directo hacia la escuela.
Era la primera vez que Luna se subía a ese auto. Siempre que Vania iba a buscarla, tomaban un taxi de regreso.
La escuela era un prestigioso jardín de infantes de Nueva Alborada.
Todos los padres allí pertenecían a la élite, nadaban en dinero o tenían un enorme poder político.
Hasta ese día, Vania había sido la única mamá que llegaba en transporte público o taxis de aplicación.
Cuando Luna vio el impresionante Maserati, no cabía en sí de la emoción.
La verdad era que, en el colegio, los demás niños solían susurrar a sus espaldas cuando veían a su madre llegar en taxi.
Pero la pequeña jamás se había quejado, porque no quería que su mamá se sintiera mal.
Luna era muy lista. Se daba cuenta de que su papá no quería a su mamá.
Sabía perfectamente que su papá solo tenía cariño para esa señora llamada Cristina y para el niño grande de ella.
—Mami, ¿este auto es nuestro?
—Este auto es de mami y de Lunita. ¿Te gusta? De ahora en adelante, vendré a recogerte todos los días en él.
Luna asintió con una enorme sonrisa, los ojos brillándole de felicidad.
Ver a su hija tan feliz llenó el corazón de Vania. Decidió alargar el trayecto y llevarla a dar un paseo por la Circunvalación Norte.
Recordó el restaurante de ambiente tradicional al que había ido con Natalia Funes la vez anterior. La comida allí era deliciosa, así que pensó que sería una buena idea llevar a Luna a probarla.

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