En la zona principal del restaurante, Vania le pellizcó suavemente la mejilla a su hija, rebosando de alegría.
—Cuando terminemos de comer, mami te llevará a un lugar divertido. ¿Qué te parece?
Luna asintió con entusiasmo, pero luego bajó la voz y se inclinó hacia Vania para susurrarle un secreto.
—Mami, creo que vi a mi papá hace un ratito. Estaba con esa señora Cristina y con su niño grande.
Vania ya se había dado cuenta de su presencia desde el primer momento.
Tener que topárselos hasta para salir a comer era de pésima suerte.
Si hubiera sabido que estarían ahí, jamás habría llevado a la niña.
—Sí, mi amor. Pero no les hagas caso, nosotros vinimos a disfrutar nuestra comida.
Una vez que terminaron de cenar y quedaron satisfechas, Luna dijo que quería ir al área de juegos del patio.
Como era un restaurante familiar, había otros niños jugando cerca de la entrada.
Vania le acarició el cabello con ternura.
—Ve, diviértete...
Unos diez minutos después, Luna regresó corriendo, bañada en lágrimas.
Vania sintió que el corazón se le detenía de la angustia.
—¿Qué pasó, mi amor? ¿Alguien te hizo daño? ¿Te lastimaste?
—¡Fue el niño de esa señora Cristina! Estaba rayando nuestro auto. Le estaba dibujando unas tortugas gigantes con una piedra.
Vania se puso de pie de un salto. Otra vez ese mocoso malcriado.
¿Rayar su auto nuevo?
Tomó de la mano a Luna y salió disparada hacia el estacionamiento. Efectivamente, allí estaba Xavier, con una roca afilada en la mano, destruyendo la pintura del deslumbrante Maserati rosa que Vania acababa de comprar.
Había tallado las palabras "Tortuga gigante" y "Fea" a lo largo de las puertas.
Al ver cómo estaban arruinando el auto de su madre, a Luna se le partió el corazón. Normalmente le tenía pánico a Xavier, pero esta vez, sacando fuerzas de no se sabe dónde, corrió hacia él.
—¡Déjalo en paz! ¡Ese es nuestro auto! Mi mami ya viene.
Xavier no le tenía el más mínimo respeto a Vania. En su mente seguía fresca la imagen de ella arrodillada dejándose montar como un caballo, así que solo le hizo una mueca de burla.
—Mi mami y mi Papá Hugo dijeron que tu carro es feísimo, así que yo lo estoy dejando más bonito.
Al ver las dos enormes tortugas raspadas en la carrocería brillante, Vania sintió que la sangre le hervía de pura furia.
—¡Fea tu madre, feos todos en tu familia! —le gritó Luna, defendiéndose.

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