—Como si no fuera suficiente que andes fantaseando con el señor Yáñez, ahora resulta que también te acuestas con viejos. ¿De verdad crees que te mereces manejar un auto así?
Vanessa se enfurecía de solo pensarlo.
Ella también le había echado el ojo a ese modelo rosa, y estaba ahorrando para sacar un préstamo y comprarlo en unos seis meses.
Pero hoy, Vania había aparecido manejándolo como si nada.
Vanessa estaba que echaba humo por las orejas.
Un auto de lujo de dos millones, y Vania lo hacía ver barato al conducirlo.
¿Con qué ganas lo iba a comprar ella ahora?
Vania la miró de reojo, tratándola como si estuviera loca.
—¿Ya se te olvidó que el señor Yáñez te despidió la última vez? Si logré que te echara a la calle una vez, puedo hacerlo de nuevo.
Vania pensó que, ahora que tenía los bolsillos llenos, tarde o temprano le diría adiós al Corporativo Alba.
Le daba exactamente igual si se ganaba el odio de Vanessa o el de la mismísima Cristina.
Hugo ya no podía usar a su tío para chantajearla.
Su única responsabilidad con la familia Zapata eran las acciones que pertenecían a su abuela.
Si Pablo Zapata estaba decidido a llevar a la familia a la ruina, ella se encargaría de ganar suficiente dinero para comprarle las acciones a su tío.
Vanessa apretó los puños, livida.
—¡No te atreverías! Fue pura suerte que no te corrieran a ti. ¿De verdad crees que el señor Yáñez me despidió por tu culpa? Si no hubiera sido por tu incompetencia al perder el cronograma en plena junta, ¿crees que yo, la jefa de secretarias, habría tenido que pagar los platos rotos? A la que debió echar fue a ti. ¿En serio crees que me volvería a despedir?
Vania soltó una carcajada burlona.
—Ponme a prueba.
Le dio la espalda a Vanessa, entró a su oficina y le cerró la puerta en la cara con un golpe seco.
Vania tomó los ochocientos mil que Cristina le había transferido, le pagó cuatrocientos mil al taller mecánico y se guardó el resto directamente en su cuenta.
Así es, había inflado la factura por otros cuatrocientos mil.
¿Quién le mandaba a Cristina a estar tan desesperada por correrla que ni siquiera revisó el recibo y pagó sin chistar?
Si hubiera sabido que soltaría el dinero tan rápido, le habría cobrado más.
Cherry le había dicho que, durante todos estos años, Vania le había transferido unos cuatro mil millones a esa mujer.
Lo de hoy era apenas un pequeño cobro de intereses.
Vania sacó su celular y llamó a Natalia Funes.
—Nati.
Su tono de voz era dulce como la miel.
A Natalia se le puso la piel de gallina del otro lado de la línea.
—Eh... ¿te tomaste las pastillas equivocadas o qué?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama