A la mañana siguiente, Natalia se despertó en su habitación.
Estaba cubierta con las mantas; era obvio que Rodrigo la había subido cargando.
La resaca le partía la cabeza en dos.
Al encender su celular, encontró decenas de llamadas perdidas de Rodrigo, y otras tantas de Vania.
Entre los dos sumaban más de cien llamadas perdidas.
Con un mal presentimiento, Natalia marcó el número de su amiga.
—¡Nati! ¿Estás bien? Te estuve llamando toda la noche y no entraban las llamadas.
Vania estaba al borde de un ataque de nervios.
Natalia se sintió conmovida.
—Estoy bien, solo me pasé de copas.
—No te preocupes por lo de ayer —dijo Vania—. Te guardaré el cómic; puedes pedírmelo cuando quieras, la historia todavía tiene mucho que...
De pronto, Vania recordó algo importante.
—Por cierto, en tu bolso te dejé unas páginas sueltas del cómic, ¡asegúrate de no perderlas!
Natalia, frotándose el cabello alborotado, habló con la voz ronca de quien acaba de despertar.
—Ajá...
De repente, abrió los ojos de par en par, y cuando volvió a hablar, su voz sonó estridente.
—¿Páginas sueltas en mi bolso?
Agarró su bolso, lo abrió y lo encontró completamente vacío.
La noche anterior había sido Rodrigo quien la había llevado a su habitación.
Entonces...
¿Rodrigo las había encontrado?
—¿Estás segura de que las metiste en mi bolso?
Vania sonaba muy convencida.
—Yo misma las guardé. Pensé que te arrepentirías, así que te dejé un adelanto. Tranquila, te garantizo que son las escenas más candentes. ¡Son las únicas páginas que no rompiste donde ustedes dos hacen el amor y se ve todo con lujo de detalle!
Natalia se quedó petrificada.
Dos segundos después, articuló cada palabra entre dientes.
—Vania, te voy a matar.
—Centro Tecnológico de Nueva Alborada—
Vania llegó al centro de exposiciones por invitación. Yago Leal, impecablemente vestido, llevaba un buen rato esperándola en la entrada.

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