Era la mujer a la que hace muchos años había dejado de llamar mamá.
No—
Era simplemente la madre biológica de Cristina.
Vania recordó que la última vez que había visto a Elena Figueroa fue cuando tenía dieciséis años.
Y ese encuentro se había convertido en una pesadilla que la persiguió durante mucho tiempo.
—No es necesario, señora Elena. Usted y yo no tenemos nada de qué hablar.
La voz de Vania sonó fría y tajante.
Elena notó que Vania estaba a punto de colgarle y se ofendió al instante.
—No tienes por qué portarte tan altanera. Cristina lleva más de cinco años casada en la familia Yáñez y nunca ha sido tan arrogante como tú. Tú también te casaste con Hugo, pero, ¿acaso alguien te reconoce como la señora Yáñez? Nunca sabes admitir tus errores, solo te dedicas a culpar a los demás. Eres igualita a tu padre.
Lo que más odiaba Elena era esa actitud orgullosa que Vania llevaba en la sangre.
Cuando se casó con un hombre de la familia Zapata, la hija que tuvo no se parecía en nada a ella.
Todo lo contrario a Cristina.
En apariencia, personalidad y forma de actuar, Cristina era su vivo retrato.
Era obvio que adoraba a Cristina y despreciaba a Vania.
Además, la familia Zapata había caído en desgracia, mientras que Cristina era un orgullo y su vida solo iba en ascenso.
Desde que Cristina se había casado con la familia Yáñez, la más influyente de la élite de la capital, Elena hablaba con aires de grandeza.
—Si ya sabe que nadie me reconoce, ¿para qué pierde el tiempo hablando conmigo, señora Elena?
Si su propia madre la detestaba, ella tampoco tenía el menor interés en reconocerla.
Elena contuvo el aliento, intentó calmarse y soltó una risa burlona.
—Te invito a cenar por tu propio bien. Cristina me contó que Hugo planea transferir a su nombre el cinco por ciento de las acciones que compró de la empresa de los Zapata. Como Cristina lleva el apellido Figueroa, no le parece correcto quedarse con algo de tu familia.
Quiero que Cristina te devuelva esas acciones en la cena, pero si no quieres aceptar el favor, allá tú. Fui una tonta por meterme.
Las pupilas de Vania se contrajeron.

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