Hugo giró la cabeza de golpe.
Luna se calló al instante, sin estar segura de si su papá la había escuchado.
Sacó la lengua con disimulo.
Vania se reía a carcajadas. El rostro de Hugo era un poema. Pensándolo bien, esa idea no era muy correcta frente a la niña.
Debía inculcarle valores adecuados.
—Sí, cuando papá y mamá se divorcien, elegiremos un papá que te guste.
El mesero empacó la comida que Vania y Luna no habían terminado y se la entregó respetuosamente a Hugo.
—Señor Yáñez, que tenga buena noche.
Hugo la tomó con el rostro gélido, salió por la puerta principal y arrojó la comida directo a la basura.
La carita de Luna se descompuso. Tomó el rostro de Vania entre sus manos y le susurró al oído:
—Mami, eso era lo que le iba a llevar al tío Yago...
Estaba muy triste. ¿Cómo podía hacer eso su papá?
El rostro de Vania se contrajo.
Ese maldito seguro había escuchado lo que ella y Lunita dijeron.
¿Qué derecho tenía a enojarse?
¿Acaso su adorado sobrino Xavier no había cambiado también de papá?
Lo llamaba «Papá Hugo».
—No le hagamos caso...
*Qué neurótico.*
Luna y Vania entraron al auto. Satisfechas, madre e hija apoyaron las cabezas una contra la otra.
Mientras Hugo conducía, ponía toda su atención en la conversación que tenían en el asiento trasero.
Deseaba poder pegarse a ellas para escuchar exactamente qué cosas malas estaban diciendo de él.
Lástima que Luna pareció haber aprendido la lección, porque bajó tanto la voz que, aunque él había cerrado todas las ventanas, no logró escuchar nada.
Al regresar a Villa Ébano, Vania se mantuvo alerta y se encerró en la habitación de Luna en lugar de ir a la suya.
Hugo tampoco tenía ánimos de nada.
Incluso cuando Cristina lo llamó, no contestó.
Al final, decidió apagar el teléfono.
La luz de la habitación de Hugo permaneció encendida toda la noche y se la pasó fumando sin parar.
Al día siguiente, Vania notó que la puerta de Hugo seguía cerrada. Se apresuró a llevarse a Luna; ni siquiera desayunaron en casa antes de ir a la escuela.
Le pidió permiso a Yago para ausentarse del trabajo y fue al despacho de la abogada Natalia Funes.
Natalia ya la estaba esperando.
—¿Qué resultado buscas en el caso de Santiago Figueroa?
No había caso que pasara por las manos de Natalia que no se ganara.
Vania no dudó ni un segundo.
—Pena de muerte, o como mínimo, cadena perpetua.
A los dieciséis años, que hubiera sobrevivido fue un milagro.
No podía perdonar a un monstruo capaz de aprovecharse de una menor de edad.
Natalia se frotó las sienes.
—Ambas opciones son imposibles. Para la pena de muerte, tendría que haberte causado un daño físico y mental irreparable comprobable de ese momento. Y para la cadena perpetua por las acciones recientes, él podría contrademandar diciendo que tú lo provocaste. Al fin y al cabo, tu propia madre, Cristina y todos los sirvientes de los Figueroa podrían testificar en tu contra. Además, está la otra persona clave: si Hugo no testifica, te perjudicará aún más. Teniendo en cuenta que esto destruirá a la familia de Cristina, ¿crees que te ayudará?
La mirada de Vania se ensombreció.
—No lo hará.
Hugo jamás testificaría a su favor.

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