—Somos una familia de prestigio. Soy tu propia madre, ¿cómo haría algo así? Apenas tenías dieciséis años y, a mis espaldas, te la pasabas seduciendo a tu padrastro, ¡todos los empleados de la casa lo sabían! Y aun así, te rogué que te quedaras, pero tú...
Elena no podía dejar de llorar, y Cristina la abrazaba para consolarla.
Vania se mantuvo impasible, levantando apenas la mirada para observar la actuación digna de un premio de aquel par.
Cualquier rastro de afecto filial que le quedara hacia Elena desapareció por completo.
Un monstruo intentó abusar de ella, y su madre, Elena, no solo no la protegió, sino que se alió con la hija del monstruo para difamarla y ensuciar su nombre.
Ya no tenía ningún sentido apelar a sus lazos de sangre.
—¿No te remuerde la conciencia decir esas cosas? Las pruebas de cómo Santiago intentó abusar de mí están en mi teléfono. Ese día fui a cenar a su casa, él llegó de repente y me arrinconó en el depósito para hacerme sus porquerías. Ya no soy aquella niña ingenua de dieciséis años, por más que inventen excusas, no servirá de nada.
—En mi teléfono tengo el video de lo que hizo ese día y cada palabra repugnante que dijo, no falta ni una sílaba. Ahora mismo el juez se lo mostrará, para que vean la clase de lobo con piel de oveja que es su «maravilloso padre» y «perfecto esposo».
Elena nunca imaginó que Vania tendría un video. El rostro de Cristina se ensombreció.
—Mamá, no te preocupes, el video seguro está alterado. Papá no es ese tipo de persona. Ella está acostumbrada a incriminar a la gente, el juez no le hará caso.
Santiago fue llevado al banquillo de los acusados. Tras recibir tratamiento médico, había salvado la vida, pero su semblante estaba muy deteriorado.
Vania lo observó con frialdad; no haberlo matado había sido un regalo para ese infeliz.
Santiago no se atrevía a mirarla a los ojos. Todo lo de aquel día estaba vívido en su memoria. Cuando vio a Vania, se dejó llevar por la lujuria y nunca pensó que ella lo seguiría al cuarto de herramientas sin oponer resistencia.
Por miedo a que Elena los descubriera, la llevó a ese rincón escondido.
Creía que iba a tener una aventura apasionada, pero en cuanto entraron, Vania le dislocó el brazo y le fracturó la pierna de una patada.
Cayó de rodillas al instante. Ella tiró un cuchillo a sus pies y le dijo que se castrara.
En ese momento casi se muere del susto.
Fue entonces cuando Santiago se dio cuenta de que se había metido con alguien a quien nunca debió provocar.
Vania, en efecto, se había convertido en una belleza deslumbrante.
Pero en el fondo, era un demonio que había regresado lleno de odio por él.
Aún recordaba esa mirada gélida, viéndolo con el rencor de un fantasma.
Si no hubiera tenido el valor de clavarse el cuchillo en su propia entrepierna, probablemente habría perdido la vida ahí mismo.
Por suerte, Elena los encontró.
Pero esa víbora de Vania se había escapado, y él casi terminó mutilado.
Pensar en ello le hizo sentir una punzada de dolor agudo en ciertas partes de su cuerpo.
Parado en el banquillo, sudaba a mares.
—Sí, fue ella quien me atacó con alevosía. Me odiaba por haberme casado con su madre y porque mi hija es más exitosa que ella. ¡Mi hija es la señora Yáñez! Hace cinco años quiso seducir a su cuñado y no pudo, y ahora intenta incriminarme...
Respaldado por Elena, su hija y la familia Yáñez, Santiago se sentía lleno de confianza.
A fin de cuentas, Hugo se había casado con Vania, pero nunca la trató como a una esposa.
Elena le había dicho que, mientras lo negara rotundamente, todo saldría bien.
Natalia no dejó que Vania hablara, simplemente presentó las pruebas ante el juez.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama