Cristina, como si le hubieran dado un tranquilizante, respondió de inmediato.
—Mamá, Hugo dice que pensará en algo. No te angusties.
Elena Figueroa, entre llantos y quejas, despotricó.
—Esa desgraciada de Vania... Hoy hasta te pedí que le llevaras una pulsera de oro de mi parte a su hija, y mira cómo me paga. Yo la trataba como de la familia y ella solo deseaba ver muerto a tu padre. ¿Cómo pude dar a luz a una víbora tan malagradecida?
Cristina dejó escapar una risa fría, pero continuó consolándola.
—Tranquila, no le entregué la pulsera. Ni ella ni su hija son dignas de llevarla.
Hugo escuchó esas palabras y una levísima arruga se formó en su entrecejo. Fue solo un instante. Miró de reojo a Cristina, notó que unas lágrimas asomaban por las comisuras de sus ojos, sacó un pañuelo de papel y se las secó con suma delicadeza...
Esta escena fue presenciada por Vania, quien en ese momento salía del evento con la intención de irse junto a la familia Leal.
Don Zacarías también fue testigo de los mimos de Hugo hacia Cristina. El anciano carraspeó con fuerza, provocando que ambos se separaran de inmediato.
El patriarca los miró con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—Cuánto lo siento, espero no haber interrumpido el romanticismo del señor Yáñez. Sin embargo, ¿no le parece una falta de respeto exhibir estas bajezas a plena luz del día? Después de todo, usted es un hombre de prestigio. Pasearse con personas sinvergüenzas solo arruinará su reputación. Mi niña, dile al señor Yáñez que venga a mi auto, necesito cruzar un par de palabras con él.
Vania había estado observando todo con curiosidad, como si la obra no fuera con ella, y no esperaba que Don Zacarías la involucrara directamente.
Acercarse a ellos significaba romperles la burbuja romántica.
Quizás no era lo más prudente.
Pero toda la familia Leal respaldaba a Vania. Aunque ninguno soportaba a Hugo, él seguía siendo su esposo legal, y mientras no hubiera un divorcio de por medio, Don Zacarías sentía que era su deber darle una lección.
Cristina, de pie a un lado, estaba tan tensa que apenas se atrevía a respirar.
¿Qué pretendía ese viejo entrometido pidiéndole a Vania que llamara a Hugo?
Sin más remedio, Vania se acercó.
—Señor Yáñez.
Hugo no se negó, pero mantuvo su tono suave al dirigirse a Cristina.
—Lleva a Xavi al auto primero.
Pero Don Zacarías volvió a alzar la voz.
—Creo que sería mejor que el señor Yáñez le pida un taxi a la señorita Figueroa. Ese auto no es el lugar adecuado para ella.
Cristina se quedó helada. Hasta el siempre insoportable Xavi notó la pesadez en el ambiente y se asustó tanto que no emitió sonido alguno.
Ella miró a Hugo con una mezcla de resentimiento y súplica infantil. La familia Leal estaba cruzando la línea. ¿Por qué no podía subirse al auto?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama