Natalia y Vania subieron al auto de Yago Leal con su copia del acuerdo de divorcio. Natalia no cabía en sí de la felicidad.
—¡Al fin lo tenemos, Vani! Eres libre...
Yago aún no podía asimilarlo del todo, pero Vania le ofreció una sonrisa serena.
En el fondo, ella no sentía gran cosa.
No guardaba ningún recuerdo de su matrimonio con Hugo, así que divorciarse de él la dejaba completamente indiferente.
Más allá del caos de esos últimos días, sentía que sus emociones no habían sufrido grandes altibajos.
Lo único que le dolía era que Luna creciera sin un padre. Pero un hombre que trataba al hijo de otro como si fuera el suyo no merecía que ni ella ni su hija sintieran ningún apego hacia él.
Sentada en el asiento trasero, Natalia le susurró a Vania al oído.
—¡Ya estás divorciada! ¿Salimos a celebrar esta noche?
...
Vania recordó la espantosa noche en la que terminaron en la comisaría y se negó instintivamente.
—Tranquila, será un plan relajado. A menos que de verdad ya estés saliendo con Yago; si es así, no seré yo quien separe a los enamorados.
Al notar que Natalia parecía más emocionada que ella por el divorcio, y como hacía mucho que no se veían por el exceso de trabajo, Vania no quiso arruinarle el momento y aceptó.
Tampoco pensaba ocultárselo a Yago, así que le comentó que iba a encontrarse con Natalia en el bar.
Yago se sorprendió.
—¿Beber? Estás embarazada.
—Yo no voy a tomar, solo acompañaré a Nati a divertirse un rato —aclaró Vania.
Le debía mucho a Natalia, un favor que no podría pagar tan fácilmente.
Acompañarla en sus locuras era lo mínimo que podía hacer, pues sabía que en el fondo Natalia sufría más que ella.
El día que se cruzara con Rodrigo Quintana, le iba a soltar en la cara todo lo que Natalia sentía por él.
Eran adultos; o se amaban con intensidad de una vez por todas, o que la dejara ir.
¿Qué sentido tenía mantenerla en esa constante incertidumbre?
Le pidió a Yago que las acompañara, temiendo que el tío de Natalia apareciera de nuevo; al menos Yago podría ayudar.

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