—¡De ninguna manera! —exclamaron Dante y Yago al unísono.
Vania también estaba sorprendida.
Ella no tenía experiencia en esas cosas, ¿acaso Hugo quería llevársela al cielo a la fuerza?
¿No sería que, como ella y Natalia le habían arruinado su propuesta de matrimonio a Cristina, ahora él quería asesinarla?
La mirada afilada de Hugo barrió directamente a Dante. Incluso Yago, al sostenerle la mirada, sintió un escalofrío inexplicable.
Ese hombre había estado en el campo de batalla. Tenía las manos manchadas de sangre.
No pertenecía al mismo mundo que Yago, ni siquiera al de Dante.
—No lo estoy consultando, es una orden —sentenció Hugo.
Vania bien podría haberse negado. Hasta Dante sentía que ella tenía la opción de decir que no, que bastaba con que abriera la boca o... que le hablara con un poco de dulzura.
Pero Yago no estaba dispuesto a permitirlo:
—Comandante Yáñez, está actuando de forma muy precipitada. ¿Acaso la señorita Zapata puede subir a un jet sin entrenamiento previo?
Hugo comenzó a preparar el equipo, ignorándolo por completo.
—Cuando llega una verdadera invasión, nadie te da tiempo para prepararte. Va de pasajera, no le estoy pidiendo que pilotee.
A Vania le arrojaron un traje de camuflaje para mujer, completo desde la gorra hasta las botas.
Claramente, aquello no lo había preparado Dante.
Hugo lo trajo consigo cuando llegó a la base.
Vania se cambió. Las medidas le quedaban a la perfección.
Las dudas en la mente de Dante se hacían cada vez más profundas.
Yago se acercó a Vania:
—Ten mucho cuidado.
Quiso tomarle la mano para darle ánimos y tranquilidad, pero Hugo, con un movimiento casi imperceptible, tomó a Vania por la cintura y, aplicando un poco de fuerza, la atrajo hacia su lado izquierdo.
La velocidad de Hugo fue tal que el gesto de Yago quedó en el aire. Dante observó toda la escena, sintiendo una incomodidad difícil de explicar.
Hugo y Yago parecían rivales compitiendo por un amor.
Y él, al parecer, ni siquiera tenía la categoría para meterse en esa disputa por Vania.

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