Dante quiso decir algo, pero terminó cerrando la boca.
Al ver que Vania estaba completamente ilesa, a Yago le volvió el alma al cuerpo y hasta le pareció un poco cómica la situación.
—¿Qué le hiciste?
Vania frunció levemente el ceño:
—Le dejé un pequeño regalito. Nada más.
Con el rostro oscurecido por la furia, Hugo vio cómo Vania y Yago se marchaban juntos. Dante seguía plantado en su lugar, y solo cuando Hugo estuvo frente a él, le ofreció una muestra de preocupación protocolar.
—Comandante Yáñez, ¿se encuentra bien?
Era evidente que Hugo no caminaba con normalidad, aunque seguía manteniendo la postura erguida y el porte impecable de un militar. Respondió con frialdad:
—Estoy bien. Tendré unos asuntos que resolver estos días, así que no podré venir. Le pido permiso para ausentarme, Director Yépez.
Dante hizo un esfuerzo sobrehumano para contener las ganas de soltar una carcajada; sentía una enorme satisfacción, pero al mismo tiempo estaba aterrado.
Tras varios años en su puesto, creía que rara vez se equivocaba al juzgar a alguien.
Pero al conocer a Hugo y a Vania, se dio cuenta de que siempre hay alguien mejor allá afuera.
Solo con las llaves que Vania le había aplicado a Hugo, cualquier soldado promedio de la base tendría material para entrenar un buen tiempo.
También sentía mucha curiosidad por saber qué demonios le había hecho Hugo para hacerla enojar a ese nivel.
Para él, Vania siempre había sido una mujer frágil, inteligente, capaz y hermosa; jamás imaginó que se atreviera a ponerle una mano encima a alguien como Hugo.
Y, además, la fuerza y la precisión de los golpes habían sido tan brutales que hasta a él le dio un escalofrío en la espalda.
Dante se puso a calcular mentalmente cuánto tiempo habría aguantado él mismo en un combate cuerpo a cuerpo contra ella.
…
En el camino de regreso a la empresa, Yago conducía con Vania de copiloto.
—¿Qué hizo el señor Yáñez esta vez?
Tenía la misma curiosidad que Dante.
Vania tenía un semblante sombrío y se acariciaba el vientre con suavidad.
Pensaba ir directo a un hospital para asegurarse de que su bebé estuviera bien.
Ese infeliz casi la manda al otro mundo en esos diez minutos por los aires.
Menos mal que ella tenía una excelente condición física; por miedo a que se descubriera su embarazo, aguantó cada acrobacia y pirueta extrema que él hizo.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama