Con Yago abriéndoles paso, Vania y el profesor Zavala esquivaron a la turba enfurecida utilizando las escaleras de emergencia y lograron regresar sanos y salvos a las instalaciones de su hotel.
Al llegar al vestíbulo, se toparon frente a frente con Hugo y su equipo de guardaespaldas, quienes rodeaban a una Cristina visiblemente maltrecha.
Cristina aún tenía el rostro manchado de sangre fresca y, al cruzar miradas con Vania, el odio y la envidia que brotaron de sus ojos fueron tan intensos que parecían dagas listas para apuñalarla.
Hugo, con el rostro más impenetrable que nunca, ignoró por completo la presencia de Vania y de los demás, concentrándose únicamente en escoltar a Cristina hacia su habitación.
Cherry, que se había mantenido pegada a Vania, observaba todo con una frialdad calculadora.
Desde el momento en que Cristina tuvo el descaro de proclamarse como la autora frente al mundo, Cherry supo que esto terminaría en tragedia. Ella misma cavó su propia tumba. Sin embargo, al recordar las oscuras amenazas con las que Cristina la había presionado, Cherry no pudo evitar que su rostro palideciera por el pánico.
Yago acompañó a Vania hasta la puerta de su habitación y se despidió. Cherry entró tras ella y cerró la puerta.
En cuanto estuvieron solas, Cherry cayó de rodillas frente a Vania, temblando de pies a cabeza.
—Directora Zapata, se lo suplico, perdóneme... Le he ocultado un secreto muy grave y no fui sincera con usted —lloró Cherry, desesperada.
Vania se llevó un gran susto. Al ver su nivel de angustia, la tomó de los brazos y la obligó a levantarse del frío piso de inmediato.
—Tranquila, respira. Dime qué pasó —le pidió Vania, tratando de calmarla.
Cherry tenía la piel blanca como el papel y las manos no dejaban de temblarle. Vania le sirvió un vaso de agua tibia. El calor del vaso en sus palmas y la compasión genuina de su jefa ayudaron a estabilizarla un poco.
Cherry siempre pensó que se llevaría su pasado a la tumba. Jamás imaginó que una arpía como Cristina escarbaría en él para usarlo en su contra. Cherry se había negado a ser el títere de Cristina; conocía demasiado bien cómo Vania había vivido un infierno en Corporativo Alba durante cinco años por culpa de esa mujer. Sabía que caer en las redes de Cristina sería un tormento peor que la muerte.
Por eso, prefirió jugársela. Empujó a Cristina directo al borde del abismo y se quedó viendo cómo saltaba ella sola. Tal como predijo, el castigo que recibió por usurpar el nombre de Lily fue mil veces más devastador de lo que Cristina pudo haber imaginado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama