Al escuchar ese nombre, la chispa de interés que Vania sentía por el talento del muchacho se apagó de golpe. El Profesor Zavala notó de inmediato el cambio de ambiente.
Benjamín, sin darse cuenta de su error, seguía esperando una respuesta entusiasta.
Vania le dedicó una sonrisa gélida y cortés.
—No la ubico. Mira, tus conocimientos técnicos son muy sólidos, pero como puedes ver, estoy a punto de dar a luz.
Señaló su vientre.
—Lo más probable es que tenga que reducir mis horas de trabajo pronto, así que por el momento no necesito un asistente. Quizá más adelante.
El rechazo sutil cayó como un balde de agua fría sobre Benjamín.
Aunque no entendía en qué se había equivocado, mantuvo la compostura y le agradeció la oportunidad.
Vania simplemente asintió y se giró para responder las preguntas de los ingenieros, ignorándolo por completo.
El Profesor Zavala le dio unas palmadas en la espalda al muchacho para consolarlo, aunque por dentro también intentaba descifrar el brusco cambio de actitud de su alumna estrella.
—La jefa tiene razón, no es el momento ideal. Cuando pase su licencia de maternidad, volveremos a insistir.
Pese a las palabras de su maestro, Benjamín se marchó a casa con una espina clavada. Sabía que Vania lo había descartado en el instante mismo en que mencionó a su prima.
Al llegar a su casa, el murmullo de voces en la sala lo sacó de sus pensamientos.
Su madre lo interceptó apenas cruzó la puerta.
—¡Qué bueno que llegas! Tu prima Vanessa vino de visita. Con el puestazo que tiene en Corporativo Alba, le estaba pidiendo que te meta a trabajar ahí. Te la pasas todo el día con esos juguetitos de inteligencia artificial... Yo no entiendo nada de eso, ¿pero de verdad tiene futuro? Mejor búscate un trabajo de verdad.
Benjamín saludó a su prima con alegría.
Para su familia, Vanessa era sinónimo de éxito. Ser la asistente de la presidencia en Alba era un orgullo que su madre presumía en cada reunión.

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