El Profesor Zavala observaba a Vania con el corazón en un puño.
Medio año de sacrificio, noches sin dormir y millones invertidos estaban a punto de irse por la borda. Si Corporativo Alba lanzaba los robots una semana antes, el prestigio de Grupo Nexo quedaría sepultado para siempre.
Pero en lugar de estallar en furia o llorar por la injusticia, Vania mantenía una calma aterradora.
—Ya entendí por dónde nos atacaron. Gracias, Benjamín.
Ni quejas, ni gritos, ni desesperación. Su frialdad desconcertó tanto a su maestro como al estudiante.
—Don Tomás, me temo que esta noche no podré quedarme a platicar con usted.
El profesor asintió, dándole su espacio.
—Lo entiendo, mi niña, lo entiendo. Arregla este desastre, nosotros no te estorbamos.
Al viejo maestro le dolía el pecho, convencido de que la batalla ya estaba perdida.
Vania esbozó una sonrisa helada.
—Lo haré.
Apenas la dejaron sola, se atrincheró en su laboratorio privado.
Conectó su equipo de diagnóstico y escaneó cada línea de código de los servidores locales. Nada. Cero virus, cero troyanos. No había ninguna brecha en su propia red.
Con los ojos inyectados en sangre, fijó su atención en el hardware: los chips neuronales.
Al igual que el código, la arquitectura de los robots se había diseñado internamente, pero fabricar procesadores de esa magnitud exigía años de desarrollo y un capital que no tenía. Así que, para ahorrar tiempo, había comprado un lote de microprocesadores de ultra alta gama a un proveedor italiano.
Sin perder un segundo, desarmó uno de sus prototipos, extrajo el chip maestro y lo conectó a una terminal aislada.
Y ahí estaba la respuesta.
Habían inyectado un software espía indetectable a nivel de hardware. Cada vez que ella escribía una línea de código y la probaba en el robot, el chip empaquetaba la información y la transmitía a un servidor externo mediante lenguaje encriptado.
Peor aún, el programa estaba diseñado para ser un fantasma: una vez enviada la información, aprovechaba las vulnerabilidades del sistema operativo para borrar cualquier huella, destruyéndose y recreándose en microsegundos.
Incluso si ella lograba bloquear la señal, el chip detonaría un fallo en cadena, friendo las placas base y convirtiendo sus carísimos robots en chatarra inservible.

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