El destino de Corporativo Alba estaba en las manos de Vania, y Cristina ni siquiera lo sospechaba.
Los medios de comunicación no paraban de alabar a Cristina por sus logros como nueva presidenta de Alba.
Las cifras oficiales indicaban que las ventas de los robots superaban los sesenta mil millones diarios.
Al día siguiente del lanzamiento, las acciones de Alba se dispararon sin freno en la bolsa de valores.
Quienes habían invertido en la empresa se volvieron millonarios de la noche a la mañana.
Cristina se convirtió en la reina absoluta del imperio comercial de Nueva Alborada.
Las portadas de las revistas de negocios se llenaron con fotos de ella junto a Hugo Yáñez.
La atención mediática que recibía superaba incluso a la de la realeza.
Este impacto forzó a la revista internacional de Inteligencia Artificial a publicar una disculpa pública en su última edición, retractándose de las críticas que le habían hecho a Cristina durante la ceremonia de premiación.
El único detalle que la prensa seguía debatiendo era la autenticidad de su alias Lily, la legendaria diseñadora, el cual aún no había sido confirmado.
Esa duda frustraba a Cristina, pero los miles de millones en la cuenta de Alba calmaban su ego.
¿Qué importaba el prestigio académico de esos científicos?
Ninguno de ellos figuraba en la lista de los más ricos del mundo. Todo su intelecto no era más que una herramienta al servicio de los verdaderos dueños del poder.
Antes, Cristina respetaba a esos eruditos. Ahora, consideraba que ni el científico más brillante era digno de atarle los zapatos.
En la prisión de Nueva Alborada, Cristina, vestida con un traje de diseñador, se sentó con arrogancia frente a Santiago Figueroa.
—Señora Yáñez, los trámites de libertad condicional del señor Figueroa están listos. Puede llevárselo.
Santiago llevaba medio año sin respirar aire puro.
Al escuchar el sonido de las rejas abriéndose, sintió que volvía a nacer.
—Sabía que encontrarías la manera, hija. En cuanto salga de aquí, voy a destruir a esa maldita de Vania Zapata.
Santiago rechinaba los dientes, lleno de rencor.
Cristina frunció el ceño con desdén.

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