Natalia Funes miró emocionada la pantalla de su teléfono. Al ver al hermoso y rollizo bebé en los brazos de Vania, no pudo evitar tomarle una captura de pantalla en alta resolución.
—Qué lástima. Algo tan importante y ni siquiera me avisaste que estabas embarazada. De haberlo sabido, ese niño no llevaría el apellido de Yago Leal, lo habría puesto bajo mi nombre.
A Natalia le fascinaban los niños, y desde hacía tiempo soñaba con tener uno propio.
Preferiblemente con Rodrigo.
Pero Rodrigo Quintana no había mostrado ninguna iniciativa durante años, y cuando por fin las cosas empezaron a avanzar entre ellos, fue Natalia quien decidió echarse para atrás.
No estaba dispuesta a ser el premio de consolación ni la sombra de otra mujer, así que llevaba meses ignorándolo por completo.
Vania solo sonrió sin decir nada. Claro que lo había pensado, pero si Natalia y Rodrigo terminaban arreglando sus cosas, registrar al bebé a nombre de Natalia traería problemas.
Vania ya había lidiado con Rodrigo Quintana antes y sabía que era un hombre aterrador; no quería provocarlo.
Ni hablar de lo que pasaría si el hijo de Hugo Yáñez terminaba registrado como hijo de Natalia. Si Rodrigo se enteraba, sería capaz de despellejarla viva.
Vania aún recordaba lo mucho que a Rodrigo le molestaba verla cerca de Natalia.
Al estar recién parida, Vania no podía hablar por mucho tiempo. Natalia le preguntó cuándo regresaría al país y se despidieron.
Mirando la foto del recién nacido en su celular, Natalia se enamoró cada vez más del bebé, así que sin pensarlo mucho, la subió a sus estados.
—Feliz de ser tía. El varoncito de mi mejor amiga.
Tras publicar la foto, Natalia se fue a dormir y olvidó el asunto por completo.
Un par de horas después, alguien tomó una captura del estado de Natalia y se lo envió directamente a Hugo Yáñez.
—La abogada Funes acaba de publicar una gran noticia, ¿tienes idea de qué significa esto?
Era de madrugada. Hugo salió del Corporativo Yáñez y condujo hacia Villa Ébano.
Había estado esperando pacientemente. Vania solo estaba haciendo un berrinche; cuando entrara en razón, o cuando viera que su jueguito no funcionaba, volvería solita.
Hugo se recargó en el ventanal. Afuera, los lirios del valle y las vibrantes rosas rojas recién plantadas lucían hermosas bajo la brisa nocturna.
Estaba seguro de que a Vania le encantarían cuando regresara.

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