Al principio, Lunita estaba asustada, pero nunca imaginó que su mamá fuera tan increíble.
Su pequeño corazón se llenó de orgullo. Al ver cómo su mamá obligaba a esos hombres enormes a huir aterrorizados, aplaudió hasta que le dolieron las manos.
—¡Mi mami es la mejor! ¡Mi mami es una superheroína!
Con la ventanilla del auto a medio bajar, Hugo observaba fijamente a sus guardaespaldas caídos, apretando los labios hasta formar una fina línea.
Miguel se secó el sudor de la frente disimuladamente, sintiendo un gran alivio.
Al parecer, él no era el único inútil.
—Señor Yáñez, ¿quiere que llame a más...?
Antes de que pudiera terminar la frase, Hugo apretó los puños a sus costados, haciendo crujir sus nudillos con fuerza.
—Partida de inútiles. Ni siquiera pueden lidiar con una simple mujer.
Miguel se acomodó en el asiento del conductor y murmuró para sí mismo:
Si es tan fácil, ¿por qué no va usted?
Ya había escuchado los rumores del personal de limpieza en la mansión: esa misma noche, la señora había tirado al suelo al mismísimo señor Yáñez...
La señora Vania sabía artes marciales.
Hugo movió discretamente su otra muñeca. No se había dado cuenta hasta que salió de la casa de la abuela.
Aquel golpe que Vania le había asestado...
Le había dislocado la muñeca izquierda.
De regreso en Villa Ébano, Hugo tuvo que esperar dos largas horas hasta ver aparecer a madre e hija.
Vania llevaba un enorme oso de peluche de su tamaño, y Lunita caminaba detrás, arrastrando una bolsa repleta de juguetes nuevos.
—Mi mami es invencible. Sabe pelear contra los tipos malos. Le pegó al villano de papá y a todos esos hombres feos...
Hugo, sentado en el sofá de la sala, no les quitaba los ojos de encima y escuchó cada palabra de Lunita con absoluta claridad.
La niña, que venía dando saltitos, se congeló en el acto al ver a Hugo.
Con un movimiento rápido se escondió detrás de Vania, aunque ya no parecía tan aterrada como antes.
Su mami era la mejor, sabía pelear contra los malos.
Lunita movió sus grandes ojos oscuros. Antes lo miraba con temor, pero ahora lo observaba con un claro matiz de rebeldía.

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