—Despreciable.
Un completo infeliz.
Fueron palabras que no se atrevió a decir en voz alta.
Hugo fijó sus ojos en el rostro de ella, sintiendo cómo un fuego oscuro se revolvía en su interior.
—Si estoy lisiado, es todo gracias a ti. Parece que mi esposa no solo perdió la memoria, sino que también es muy olvidadiza.
Bajo las delicadas cejas de Vania, sus hermosos ojos brillaron con asombro.
Había creído que su ataque no había funcionado, no esperaba haberle dislocado realmente la muñeca.
Con las mejillas enrojecidas y sintiéndose un poco acorralada, replicó.
—Te lo merecías.
¿Quién le mandaba amenazarla a ella y a su pequeña en ese momento?
Incluso le había exigido que se largara con su hija.
No haberlo dejado inútil de por vida ya era un acto de extrema misericordia de su parte.
—La próxima vez...
Apenas Vania abrió la boca, sus labios fueron devorados por los de Hugo.
Él desprendía el aroma fresco del jabón de su ducha reciente. Hugo apretó los dientes cerca de su oreja.
—¿Acaso estás esperando que haya una próxima vez? Si tanto te importa Julián, ¿no tienes miedo de que lo haga pedazos y se lo tire a los perros?
Vania soltó un jadeo ahogado. Sabía que los rumores sobre Hugo no solo hablaban de cuánto adoraba a Cristina Figueroa.
También había historias mucho más oscuras sobre él.
Detalles turbios que Natalia le había contado en secreto.
Decían que el tío de Natalia, Rodrigo Quintana, no era alguien con quien se pudiera jugar, y que, junto con Hugo, controlaban los bajos mundos de América y Europa. Ambos eran conocidos como los hombres más letales de sus respectivos continentes.
¿Qué clase de reputación era esa?
El verdugo.
—Matar es un delito, Hugo. No te atreverías.
No podía creer que él realmente se manchara las manos de sangre.
El aliento de Hugo acarició su piel, y una amenaza pesada cayó sobre ella en un susurro.
—Ponme a prueba.
Antes de que Vania pudiera procesarlo, sintió que él guiaba su mano hacia abajo. El calor abrasador de la piel de él la aterrorizó tanto que retiró la mano como si se hubiera quemado, con el rostro tan rojo que parecía a punto de estallar.
—¡Tú... estás lisiado!
Este hombre...

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