Vania despertó con el cuerpo doliéndole en partes que no sabía que podían doler.
Al quitarse la camisa de Hugo frente al espejo, tuvo que apartar la mirada; su piel estaba tan marcada que daba pudor verla.
El recuerdo de la brutal intensidad en el baño la hizo querer desaparecer de la faz de la tierra.
Se negaba a aceptar que ella hubiera sido capaz de seguirle el ritmo a Hugo con tanta soltura.
¡Y lo peor es que lo había hecho!
Recordaba cuando, en la universidad, Natalia le mostraba novelas eróticas; ella apenas les echaba un ojo y el corazón se le desbocaba por tres días. Ni siquiera se atrevía a mirar las portadas cuando ayudaba a su amiga a guardar sus cosas.
¿En qué clase de mujer se había convertido ahora?
Cuando bajó al comedor, Marta ya había preparado un desayuno exquisito: jugo, café, fruta y unos sándwiches calientes.
La mirada de la señora se clavó accidentalmente en el cuello de Vania. Esas marcas púrpuras y rojas no dejaban absolutamente nada a la imaginación, y Marta no pudo evitar parpadear sorprendida.
¿La relación entre los señores Yáñez...
...ya estaba así de intensa?
—¿Dormiste bien?
Una voz masculina, profunda y rasposa, hizo que Vania casi diera un salto del susto.
Hugo bajaba las escaleras con una impecable camisa blanca y pantalones de vestir oscuros.
Ella se quedó sin aire.
Al no verlo al despertar, dio por hecho que ya se había ido a la oficina.
Hugo caminó con la elegancia de un depredador y tomó asiento justo frente a ella.
Vania lo miró de reojo. Aún conservaba ese aire perezoso de recién despertado, y su voz sonaba deliciosamente ronca.
Cuando él pasó a su lado, la envolvió el aroma sutil a tabaco y loción cara. El cuello de su camisa estaba desabotonado, dejando ver un par de arañazos rojos en su pecho... la evidencia viva de la furia de ella la noche anterior.
El rostro de Vania ardió como el infierno. Bajó la vista y empezó a comer su sándwich desesperadamente, con la vergüenza sellándole los labios.
Hugo, con una calma exasperante, tomaba su desayuno con gracia, mojando un trozo de pan tostado en su café antes de llevárselo a la boca con suma lentitud.
Cada uno de sus movimientos rebosaba clase y arrogancia. Hasta para comer era insoportablemente atractivo.
Vania aceleró su ritmo; estar un segundo más frente a este hombre la ahogaba.
Y lo peor de todo era que él no dejaba de clavarle los ojos.
—Disculpa por haber sido tan duro anoche. Sé que te lastimé.
¡BOOM!
Vania sintió que el techo se le venía encima.
Una de las empleadas que pasaba cerca escuchó todo claramente y tuvo que taparse la boca para disimular una risa nerviosa.

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