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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 82

—Tío Rodrigo, vivimos en una sociedad civilizada. No le tengo miedo a Hugo Yáñez. Ahora soy abogada; si se atreve a hacerme algo, puedo demandarlo.

Rodrigo redujo la velocidad, sin darle la más mínima importancia a sus palabras.

—Si quieres ser abogada y llevar juicios, confórmate con tomar un par de casos sencillos para entretenerte. Pero no te metas con Hugo ni con su esposa.

—¿Acaso le tienes miedo a ese infeliz? —replicó Natalia, desafiante.

El auto se detuvo frente a las imponentes puertas de Villa Brisa.

—La psicología inversa no funciona conmigo —respondió él con voz profunda.

El rostro de Natalia perdió toda su valentía en un instante.

Al abrir la puerta para bajar, le temblaron las piernas y casi cae de rodillas. Rodrigo, con reflejos rápidos, la atrapó y la atrajo hacia su pecho.

Natalia se sonrojó intensamente. En el fondo, al ver a Hugo en Villa Ébano, se había llenado de terror. Hace cinco años, él había sido implacable. Y durante todo el trayecto en auto, aún no había logrado recuperar el aliento.

—Con tan poco valor y aún así pretendes demandarlo —se burló Rodrigo.

Sus palabras hicieron que Natalia deseara que la tierra se la tragara. Como un pequeño animal arrinconado, empujó a Rodrigo con fuerza, enderezó la espalda para demostrar que no era una cobarde y caminó hacia la entrada, aunque las piernas aún le temblaban.

Rodrigo, con su rostro apuesto e inescrutable y sus gafas de montura dorada, irradiaba un aura de sofisticación casi monacal. Sin embargo, detrás de los cristales, sus ojos oscuros y afilados dejaban claro que era alguien de cuidado.

Al ver caminar a Natalia con tanta terquedad, una levísima sonrisa asomó a sus labios. Metió una mano en el bolsillo y la siguió hacia el interior.

En cuanto Natalia entró a la sala, alguien bajaba por la escalera.

Era una mujer vistiendo un camisón ligero que dejaba muy poco a la imaginación, resaltando su envidiable figura de manera provocativa. Al parecer, la mujer no esperaba que fuera Natalia quien entrara, y su expresión se congeló por un instante.

Tras el momento de incomodidad, recuperó su habitual sonrisa tierna.

—Vine a buscarte, pero empezó a llover. Me mojé, así que me di un baño en tu habitación —explicó Isabel, acomodándose el escote con un mohín de insatisfacción—. Llevamos tantos años juntos y aún no sabes mi talla. Esto me queda bastante ajustado del pecho.

Al decirlo, empujó su figura hacia adelante de forma deliberada.

Rodrigo actuó como si no hubiera visto nada, aunque su expresión se volvió visiblemente más gélida.

—Esa ropa no la compré para ti. Quítatela y ponte lo tuyo. Pediré que te lleven a tu casa de inmediato.

Isabel lo miró, llena de resentimiento.

—Solo cometí un error, ¿aún no puedes perdonarme? Además, los mayores de la familia ya fijaron la fecha de nuestra boda. ¿De verdad vas a pisotear el honor de ambas familias y cancelar nuestro compromiso?

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