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Inalcanzable: Mi esposa ya no me ama romance Capítulo 87

Julián miró a la anciana que lo señalaba con rabia, con las manos cerradas en puños apretados.

Desde su época como el joven heredero hasta convertirse en un titán del imperio comercial a nivel internacional, incluso los magnates más temidos de Nueva Alborada lo llamaban "director Herrera" con respeto.

Julián apretó y soltó los puños, esquivando la mirada burlona de Hugo, y dejó los regalos sobre una mesa.

Vania quiso intervenir a su favor, pero una mano fuerte rodeó su cintura, apegándola con firmeza.

Julián lo vio todo claramente; quería estallar de furia, pero no tenía justificación alguna.

—Abuela, yo soy Julián —dijo, tragándose el coraje.

Hugo, cínico hasta la médula, no lo desmintió. Simplemente empezó a jugar con su encendedor metálico, haciendo resonar el chasquido en la habitación.

Las palabras de Julián no solo no calmaron a Doña Mercedes, sino que la enfurecieron más.

—¿De dónde salió este perro mentiroso que se atreve a hacerse pasar por el novio de mi nieta? ¡Aquí hay seguridad, lárgate antes de que ordene que te saquen a rastras! ¡Largo!

Ante el evidente odio en los ojos de su abuela y con Hugo presente, Vania no se atrevió a defender a Julián. Conocía de sobra la crueldad de su esposo y prefería no provocarlo.

Hugo, acomodado en su silla, disfrutaba del espectáculo como si estuviera en primera fila.

El orgullo de Julián estaba destrozado.

—Primo, prima... la abuela está confundida —alcanzó a decir.

Hugo soltó una risa seca y por fin abrió la boca.

—¿Ahora sí nos llamas primo y prima?

Era evidente que Julián no planeaba irse a pesar de la humillación. Doña Mercedes era su única esperanza para recuperar a Vania; se daba cuenta de que, en su mente fracturada, la anciana sentía un profundo cariño por quien ella creía que era él.

Hugo cortó el ambiente de tajo.

—Yo soy Hugo Yáñez —aclaró con voz profunda.

Los gritos de la anciana cesaron de golpe. Miró al hombre alto e imponente que estaba al lado de Vania; juntos hacían una pareja de revista.

Julián reprimió su frustración y siguió a Hugo fuera de la habitación.

En el largo pasillo de la clínica, los dos hombres, imponentes y robustos, quedaron frente a frente. El aura de Hugo era insuperable; sus labios apretados y la rigidez de su mandíbula transmitían una amenaza asfixiante, incluso en silencio.

Julián creía que al regresar del extranjero su éxito le permitiría ver a su primo cara a cara, de igual a igual, o al menos no sentirse intimidado. Pero le bastó una sola mirada de Hugo, que jugaba con su encendedor de forma perezosa, para empezar a sudar frío.

Igual que hace cinco años, Hugo reclamaba a Vania con una autoridad absoluta, y el tono con el que le habló fue más bien una sentencia.

—Vania es mía. A partir de ahora es la esposa de tu primo para ti. ¿Entendido?

Esa sola frase había sido el motor de Julián durante sus años de sacrificio en Londres. Cada vez que enfrentaba una crisis, el recuerdo de la fría y aterradora voz de Hugo le devolvía las fuerzas. Estaba decidido a lavar la humillación del pasado; jamás permitiría que Hugo volviera a pisotearlo. Que fuera su primo no borraba el hecho de que le había robado a la mujer de su vida.

Hugo lo miró con desdén. En su voz rasposa se percibía la frialdad de quien ostenta un poder incuestionable.

—¿Cuándo piensas largarte?

Julián sintió como si le hubieran arrojado un balde de agua helada.

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