—Roxana, toma este cheque, es mi forma de felicitarte por al fin reunirte con tus padres biológicos.
Roxana Soler bajó las escaleras con una maleta ligera. Echó un vistazo al cheque de cien mil pesos que le tendía Ricardo Maldonado, y una pizca de burla cruzó por sus ojos.
¿Felicitarla? Más bien era para comprar su silencio.
La familia Maldonado la había adoptado a los seis años, usándola como un banco de sangre gratuito para su hija mayor, Alcira Maldonado, durante trece años.
Ahora que Alcira por fin estaba curada, ella ya no servía para nada. ¿Qué más podían hacer sino echarla a la calle?
—Gracias, señor Maldonado, pero no es necesario.
Roxana apartó el cheque, agarró su maleta y caminó hacia la salida sin la más mínima nostalgia.
Esa actitud tan fría e indiferente dejó a Ricardo con un mal sabor de boca.
Sentada en el sofá, su esposa, Elena, dejó su taza de café de golpe sobre la mesa y fulminó con la mirada a su esposo. —Nuestra familia la mantuvo por más de diez años. ¡Bastante hacemos con no cobrarle los gastos de crianza y tú encima le ofreces dinero!
—¡Hasta un perro es más agradecido! Ella, en cambio, se va sin siquiera despedirse. ¡Es una malagradecida!
—Baja la voz ya —la reprendió Ricardo.
Sentada junto a su madre, Alcira trató de calmarla con voz dulce: —Mamá, Roxana vivió con nosotros muchos años, acostumbrada a los lujos. Escuché que la situación de la familia Soler no es muy buena. Quizás esté de mal humor porque tiene miedo de no acostumbrarse a su nueva vida...
Para evitar chismes, los Maldonado se habían esforzado en localizar a los verdaderos padres de Roxana antes de echarla.
Por lo que Alcira sabía, el pueblo donde vivían los Soler, Río Seco, era conocido por su extrema pobreza.
Se decía que la familia Soler era la más pobre del lugar; los padres sobrevivían reciclando basura y mantenían a tres hijos vagos que no hacían nada de sus vidas.
De pronto, en un movimiento "accidental", enganchó uno de los bolsillos laterales y una deslumbrante pulsera de diamantes azules cayó al suelo.
Alcira soltó un jadeo de sorpresa. —¡Ah! E-esta... ¿no es la pulsera que mi papá compró en una subasta para mis dieciocho años? Roxana, ¿por qué estaba escondida en tu maleta?
Roxana entrecerró los ojos.
¿Así que iban a jugar de nuevo a las falsas acusaciones?
—¡Qué barbaridad! ¡Cría cuervos y te sacarán los ojos! —La señora Elena se acercó de inmediato al ver la joya y estalló en cólera—. ¡Con razón tenías tanta prisa por irte! ¡Te habías robado esto y tenías miedo de que te descubriéramos!
Ricardo también se acercó. Miró la pulsera, luego a Roxana, que se mantenía impasible, y le preguntó con voz severa: —Roxana, ¿qué significa esto?
Alcira fingió compasión y trató de suavizar las cosas: —Papá, mamá, seguro Roxana se equivocó al empacar. Estoy segura de que no lo hizo a propósito... ¿Verdad, Roxana?

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