—No necesito nada. —Roxana sacó de su ropa un pequeño frasco de porcelana blanca, del ancho de dos dedos, y se lo arrojó directamente a Nader—. Aquí adentro está el antídoto. Una vez que lo tomes, estarás bien.
Nader lo atrapó torpemente y se apresuró a abrirlo para vaciar las pastillas.
Para su sorpresa, solo salieron tres pequeñas grageas, del tamaño de los dulces para niños.
—¿Solo esto?
—Sí, una al día. En tres días, todas las molestias de tu piel desaparecerán. —Roxana, al ver que la pareja parecía no creerlo, añadió con una sonrisa irónica—: También pueden no tomarlas, pero no les daré este medicamento una segunda vez.
La señora Solórzano consoló a Nader en voz baja:
—Mi amor, ¿por qué no lo intentas?
El peor resultado sería seguir igual; no podía ser peor que su estado actual.
Si Nader había logrado llegar a su posición como líder de la familia, además de saber aprovechar las oportunidades, era porque siempre tuvo buena suerte para apostar.
Casi siempre lograba obtener grandes beneficios asumiendo riesgos pequeños.
Por eso no lo dudó mucho, tomó una pastilla y se la echó a la boca.
Para su sorpresa, tan pronto como la tragó, esa sensación de dolor y entumecimiento, como si miles de hormigas lo devoraran, mejoró notablemente.
Sus músculos, tensos durante tanto tiempo, se relajaron.
Incluso dejó escapar un suspiro de alivio.
—¿Cómo te sientes, mi amor?
Nader intentó respirar profundo. Antes, al hacerlo, sentía un dolor punzante en los pulmones, como si lo cortaran con cuchillos, pero ahora esa sensación tortuosa había desaparecido.
—Me siento mucho mejor.
De hecho, aunque no lo hubiera dicho, la señora Solórzano ya lo había notado.
Antes su rostro estaba pálido con tonos azulados, pero después de tomar la pastilla, ese matiz de muerte había desaparecido.

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